El viento
levanta el polvo del camino hacia un cielo aún sin nubes; es tan ligero que
apenas tiene tiempo de asentarse, pues enseguida vuelven a levantarlo los
cascos de los caballos y las ruedas de los carros. Bajo la cegadora luz del sol
las pequeñas partículas originan una neblina tostada que empaña la visión y se
pega a la garganta. Casi toda la región es como una llanura amarilla tan
desoladora que podría destrozarte el corazón; una pradera ininterrumpida, sin
vallas y cubierta de pasto hasta más allá de donde alcanza la vista. Hacia el
norte el paisaje se vuelve abrupto, ligeramente montañoso, con ríos de color
azul marino y resplandor alcalino que evocan una sensación de serenidad
incómoda.
Su nombre sabe
a tierra y antigüedad, a amaneceres naranjas en los páramos desiertos sin más
compañía que la austeridad del momento. Su nombre es la tierra. El
vientre de la naturaleza inflamado de vida mientras los hombres marchan a
contracorriente, la sangre derramada por los hijos de sus hijos adornando sus
frentes.
El hombre
blanco escribió su leyenda, pero ella la luce tatuada sobre la piel.
Bienvenidos a
la Frontera.