Llegó
a la caída de la tarde desde el norte, deslizándose sigilosamente entre los
árboles como si aún se encontrara acechando a alguna presa. Sus pasos estaban
cuidadosamente medidos: posaba primero el talón, siempre un pie detrás del otro
en línea recta, y mantenía las rodillas convenientemente flexionadas para que
amortiguaran cualquier sonido. A veces, cuando el terreno aparecía cubierto con
una capa de hojas secas más gruesa, balanceaba el peso sobre la cara externa de
sus pies, ralentizando su avance pero asegurando su discreción. Sobre su hombro
derecho colgaban un par de conejos, las patas atadas por un cordel, que se
mecían suavemente al ritmo de sus movimientos. En la mano contraria portaba un
arco sencillo con una flecha aún montada, de manera que si surgía la necesidad
de hacer uso de él sólo tendría que tensar la cuerda y disparar. Aquella mañana
había dejado el rifle en el campamento: solía decir que los animales cazados
con armas de fuego nunca perdían el sabor a pólvora. Al divisar el tenue resplandor
de la hoguera, apretó el paso. Se encontraba lo bastante cerca del claro donde
se reunían sus compañeros como para permitirse aquel desliz respecto a la
cautela en su caminar. Con todo y con eso, su instinto de supervivencia natural
provocó que su llegada pasara desapercibida para la mayoría de los hombres que
se encontraban allí reunidos.
El
círculo de luz que rodeaba la fogata se había convertido en un hervidero de
mosquitos, de forma que el tipo que se encargaba de la comida se veía obligado
a remover el contenido de la olla sin apenas levantar la tapa. Del interior del
recipiente surgía un delicioso borboteo que, como descubrirían más tarde, no
hacía justicia al sabor del guiso. El improvisado cocinero, un muchacho de
apenas veinte años que había sido reclutado expresamente para las labores de
menor importancia, se agitó inquieto al percatarse de la presencia que parecía
haberse materializado súbitamente junto a él. Tras recolocarse el sombrero, un
lamentable gesto para camuflar su nerviosismo, se hizo con los animales que
habían sido dejados a sus pies. No pudo reprimir un escalofrío al observar el
orificio que presentaba el cráneo de cada conejo. Habían sido dos disparos
certeros, completamente limpios. Un hombre se aproximó al fuego, rompiendo el
tenso y turbador silencio que presidía el crepitar de la lumbre.
–Si
hubiera sabido que esta noche cenaríamos carne fresca no me habría atiborrado
de pan seco –bromeó el recién llegado.
Se
trataba de un hombre maduro, de rostro curtido y pequeños ojos negros que jamás
dejaban de titilar, recordando irremediablemente a los de una rata. Las sombras
que vertían las llamas sobre él le otorgaban un aspecto hierático que no
encajaba con su carácter afable. Sin esperar una respuesta se sentó junto al
muchacho que cocinaba, sobre un delgado tronco de abedul, y extrajo un cuchillo
de su bota. Le faltaban el dedo corazón y una falange del meñique de la mano
izquierda.
–¿Por
qué no te sientas, Olive? –invitó, sin levantar la vista del conejo que se
disponía a despellejar–. Charlie aún no ha vuelto.
La
aludida, en cambio, sí centró en él su mirada, con manifiesto desinterés. Al
cabo de unos minutos relajó la postura, se colgó el arco a la espalda y dio
media vuelta. Sin pronunciar palabra se dirigió hacia la zona donde descansaban
los caballos mientras los demás hombres que formaban el grupo avanzaban en
dirección contraria, atraídos por el olor del guiso.
Poco
antes de que el sol fuera engullido por el horizonte extendió sus últimos rayos
a ras de suelo, al fondo del bosque, tiñéndolo momentáneamente de rojo fuego.
Apenas unos minutos después llegó la fría luz del crepúsculo, derramando un
celeste mortecino sobre las temblorosas hojas de los árboles hasta más allá de
donde alcanzaba la vista. Las sombras se alargaron infinitamente tocándose unas
a otras y se fundieron en una opacidad uniforme, húmeda. El anochecer trajo
consigo la inquietud, el recelo. Los mismo hombres que horas antes trabajan
hombro con hombro escrutaban los rostros de sus compañeros más cercanos con
desconfianza, preguntándose qué ocultarían bajo aquellos sombreros, en el
interior de aquellas chaquetas. Se encendieron algunas linternas solitarias, y
cada uno fue a reunirse allí donde aparecía un cerco de luz que despejara sus
temores más irracionales, a la espera de su turno de recibir un plato caliente
con que llenarse el estómago.
El
claro quedó inundado por un murmullo acogedor, acompañado del entrechocar de
las cucharas contra los cuencos de madera. El individuo al que le faltaba parte
de los dedos charlaba animadamente con otras tres personas que se encontraban
sentadas alrededor de la hoguera donde se había cocinado. A su derecha, el
muchacho artífice del estofado mordisqueaba con fruición un pequeño trozo de
carne que había rescatado de las profundidades de la olla, ajeno a la
conversación que se desarrollaba a su lado.
–Tenía
unos pechos que olían a rosas y a desierto, y cada noche la contemplaba secar
la saliva con que los borrachos los salpicaban. Eran una perdición. Conocía
algunas canciones que sonrojarían a las más pudorosas, era lo que más me
divertía de ella. Por aquella hermosa bailarina de Kansas City perdí medio
meñique, hace ya de esto doce años –explicó orgulloso el tipo de los ojos de
rata, después de haber enumerado otras tres historias similares
correspondientes a las respectivas falanges de su dedo corazón, o más bien a la
ausencia de ellas. A partir de aquel momento a ninguno de los presentes le cupo
la menor duda de que la cordura no era su punto fuerte.
–¿Qué
dedo te cortarás cuando me vaya yo, Samuel? –preguntó la llamada Olive, que
acababa de acercarse a ellos.
Durante
la milésima de segundo que permaneció pendiendo del aire el silencio anterior a
la respuesta, los hombres alzaron la vista hacia ella como si pretendieran leer
en su rostro la verdadera intención de sus palabras, sutilmente camufladas por
un tono dulce e inocente. Sin embargo, en el interior de sus almendrados ojos
verdes sólo se atisbaba un brillo de ternura paternofilial.
–Tendré
que cortarme las dos manos, querida. Y quizás incluso sea necesario perder un
pie también –aseguró el aludido con comicidad, pero sonriendo sinceramente.
Samuel
palmeó el tronco con suavidad, indicándole a la mujer de rasgos ligeramente
indígenas que tomara asiento en el hueco que quedaba a su izquierda. Cuando
ésta hubo aceptado su invitación, le tendió una ración de guiso y regresó a su
conversación distraídamente.
Resultaba
cuanto menos llamativa la presencia de una persona del sexo femenino en aquel
lugar, en aquella situación, por lo que se hacía muy complicado no tratar de
observarla disimuladamente. Tal vez el hecho de que utilizara ropas como las de
los hombres, unos pantalones y una camisa de gamuza, aliviara la peculiaridad
de la imagen, pero ni siquiera su sencilla vestimenta conseguía disimular por
completo su hipnótica feminidad. Su piel, excesivamente bronceada en
comparación con la de las mujeres pálidas de ciudad, así como sus maneras
bruscas y algo primitivas, disuadían a cualquier incauto que tuviera la
tentación de acercarse más de lo debido a ella. Por otra parte algunos se
sentían intimidados por aquellas plumas de halcón que se adivinaban entre sus
cabellos, confirmando que las historias que se contaban estaban al menos
fundamentadas en algo real. El muchacho encargado de la comida se preguntó si
también habría cazado los pájaros a los que pertenecían.
Unas
espuelas tintinearon entre la espesura, desviando su atención de improviso y
provocando que su corazón se desbocase. Su juventud e inexperiencia habían
hecho que durante toda la jornada se sobresaltara constantemente, a veces ante
situaciones tan ridículas que tras el susto inicial había querido asegurarse de
que nadie se había percatado de su reacción. Una vez que el sol se había puesto
y el bosque había quedado absorbido por una negrura impenetrable, su miedo no
había hecho más que crecer. Una sombra se movió entonces sobre las otras que
configuraban el fondo del claro donde se encontraban, y su instinto hizo el
resto. Sus dedos se crisparon sobre el gatillo del revólver. La sangre le
martilleaba en los oídos. De nuevo aquella furtiva silueta deslizándose por la
linde del bosque, pero esta vez otro oscuro perfil se había sumado a ella.
Notaba la boca seca, cada músculo de su cuerpo en tensión. Miró de reojo a sus
compañeros, uno a uno, y descubrió que permanecían ajenos a lo que había
incitado su alarma. Volvió a sentirse estúpido por haberse precipitado, por
haberse dejado llevar ante lo que probablemente no fuera más que una ilusión.
Intentó serenarse, recuperar la compostura, pero una breve risa hizo que no
pudiera desterrar el nerviosismo que se agitaba en lo más hondo de su pecho.
Sus ojos se toparon con los de la mujer, que parecía encontrar muy gracioso su
comportamiento.
–¿De
dónde demonios sacas a estos muchachos, Samuel? –sonrió maliciosamente Olive–.
La mitad de ellos parecen tan asustados como si jamás hubieran dormido a la
intemperie.
–No
sea dura con él, pequeña –respondió el hombre, comprendiendo de inmediato a qué
se debía aquel comentario–. Es la primera vez que Pat trabaja con la banda, es
normal que tema ser sorprendido.
–Me
pareció ver a alguien –masculló el joven a modo de disculpa, sonrojándose.
–Nunca
mires demasiado rato a la oscuridad o te volverás completamente loco, ranchero.
Un
revuelo sacudió la zona donde se encontraban atados los caballos. El resoplido
inquieto de los animales sacó a Pat de su ensimismamiento, pero antes de que
pudiera siquiera ponerse en pie para ir a calmarlos quedó paralizado de
impresión. A un palmo escaso de su posición se materializó la figura de un
hombre de mediana edad de cuyo rostro sólo era posible distinguir la parte
inferior, salpicada por una barba de varios días, pues el resto permanecía
cuidadosamente oculto bajo el ala del sombrero. Al caminar, sus botas producían
un sonido metálico que, como Pat comprobó, tenían su origen en el mismo par de
espuelas cuyo rodar lo había alterado recientemente. Si no hubiera sido porque
reconoció instantáneamente a la persona que se encontraba a su espalda, el
muchacho hubiera vuelto a entrar en pánico.
La
visión del afamado forajido Bill Turner no resultaba tan temible por su
complexión robusta como por el halo de majestuosidad que lo envolvía. El paso
del tiempo no lo había tratado demasiado bien, encorvando sutilmente sus
hombros y añadiendo canas a su pelo de manera indiscriminada a sus apenas
cuarenta años de edad. Los abultados músculos de sus mejillas difuminaban la
severidad general de sus facciones, aunque su expresión estoica bastaba para
disuadir a cualquiera de sentir un ápice de compasión por él. Su boca, una
línea recta por encima de aquel prominente mentón, parecía el corte de un
cuchillo en la corteza de un árbol al que cada sonrisa hiciera sangrar. Tenía
los ojos grises, profundos, producto de su herencia materna; se contaba que
podía permanecer tanto tiempo sin parpadear que producían el mismo efecto
hipnótico que los de las serpientes. Gustaba de cuidar su aspecto en la medida
que sus correrías se lo permitían, y se sentía hasta tal punto incómodo cuando
se percataba de la incipiente barba que siempre llevaba consigo una navaja de
afeitar. Vestía con refinado atildamiento: camisa plisada, pañuelo anudado al
cuello por debajo de una chaqueta sin mangas, levita oscura y sombrero de
fieltro. Procuraba, asimismo, mantenerse correcto en sus formas, como si de ese
modo pudiera justificar su sangre fría. Hombre culto, de intachable resolución,
versado en letras y matemáticas, había cambiado su apellido haciendo imposible
determinar su lugar de procedencia, y quién sabía si tampoco Bill era su nombre
real. Se declaraba romántico por naturaleza, aficionado a la poesía y las
novelas de bandidos, las cuales encontraba realmente divertidas.
No
mataba damas, niños ni salvajes, tal vez por respeto a su cultura, tal vez por
respeto a su protegida, poco importaba. Llevaba poco tiempo en activo, o al
menos siendo considerado lo bastante peligroso para preocupar a las
autoridades, pero el elevado número de muertes que se le atribuía unido a los
más de treinta asaltos a diligencias perpetrados con su banda en los últimos
dos años habían hecho que le pusieran un alto precio a su cabeza. No obstante,
la incompatibilidad de las descripciones proporcionadas por los escasos supervivientes
que dejaba a su paso reducía prácticamente a cero las posibilidades de
atraparlo. Y sin embargo allí estaba en ese momento, a tan pocos metros que Pat
podía escuchar su respiración incluso sobre el murmullo del grupo.
Su
aparición no había pasado desapercibida: la hoguera donde se había preparado la
cena enseguida quedó rodeada por el resto de hombres reclutados para formar
parte de la banda. Samuel fue el primero en ponerse en pie para recibir a su
jefe obviando por completo al tipo de las espuelas, con el que casi chocó.
–Ya
empezaba a pensar que te habías olvidado de pasar a buscar a tus hombres,
maldito Turner –rió, al tiempo que le estrechaba la mano con efusividad.
Se
hizo un silencio sepulcral, cargado de expectación. Todos temían cuál sería la
reacción del forajido ante aquella descarada muestra de confianza. Él se limitó
a esbozar una suave sonrisa, pero aquel gesto que pretendía resultar amistoso
deformó sus facciones de manera indescriptible.
–Fíjate
en cómo te miran todos, Samuel. ¿Has vuelto a contar esa absurda historia sobre
los dedos que te faltan?
El
aludido se encogió de hombros sin dejar de mostrar su desdentada sonrisa,
quitándole importancia al asunto.
–Que
empiecen a levantar el campamento, partiremos dentro de una hora. Quiero las
armas cargadas y preparadas en los caballos, y encárgate tú mismo de apagar el
fuego o medio condado se enterará de que estamos aquí –ordenó Bill.
Sus
palabras confirmaron lo que muchos ya sospechaban acerca de la relación que
unía a los dos hombres. Según lo que el propio Samuel había explicado a Pat, él
se encargaba de reclutar a los muchachos óptimos para cada trabajo, instruir a
los más jóvenes y supervisar las tareas que les eran encomendadas, resultando
evidente la profunda confianza que depositaba Bill en éste.
En
apenas cinco minutos el grupo al completo se había puesto en marcha. Los más
diestros se encargaron de poner a punto las armas, comprobando que no se
engatillaran y cerciorándose de que disponían de una bala en la recámara.
Después las aseguraron bajo los faldones de las sillas de montar, cuidándose de
no apretar demasiado las cinchas para que pudieran ser desenfundadas lo más
rápido posible. Pat y otro muchacho de nervios exaltados se dedicaron a
empaquetar los aperos de cocina cerca de la hoguera. Serían los encargados de
vigilar el campamento mientras el resto de la banda asaltaba aquella
diligencia, y aunque su parte del botín no sería tan cuantiosa como la del
resto tendrían la oportunidad de volver a trabajar para Bill en próximas
ocasiones.
La
arboleda a través de la cual se encaminaban se reducía a un complejo entramado
de árboles y vegetación salvaje tan espesa que frenaba el avance de la banda
con desesperante frecuencia. La oscuridad se había propagado sin miramientos
mucho antes de que abandonasen el claro, convirtiendo el paisaje en una densa
maraña de sombras impenetrables hasta más allá de donde les alcanzaba la vista.
Al sonido de fondo de la nocturnidad del bosque se sumaba únicamente el crujido
de las hojas bajo sus pies y el zumbido de los mosquitos atraídos por el calor
que desprendían las monturas. Se respiraba un cierto aire de tensión, de miedo
camuflado tras las mandíbulas apretadas de algunos de los hombres, que perduró
incluso cuando Samuel les indicó que habían llegado por fin a la linde de la
floresta. Se alejaron de los caminos transitados y de aquellos lugares donde la
hierba crecía de manera irregular dando a entender que eran zonas de paso
utilizadas con relativa periodicidad. Negro sobre negro en la noche casi sin
luna, el grupo emprendió el viaje por la llanura en pos de Bill. La sensación
de un millar de ojos acechándolos era generalizada a pesar del amparo que la
penumbra les ofrecía. Quién sabía qué animales podrían ocultar las hierbas
altas, amén de otras hostilidades en las que muchos no querían ni pensar.
El
amanecer se encontraba ya próximo, y en la distancia se apreciaba un halo de
claridad naciendo entre la silueta de unas montañas. Habían tardado unas seis
horas en recorrer el trayecto, debido principalmente al ritmo lento que habían
impuesto a sus caballos para evitar que se sofocaran y resultaran inútiles si
surgía la necesidad de emprender una retirada inesperada. Charlie, el tipo de
las espuelas, calculó que, con suerte, aún les quedaba otra hora al menos para
llegar a su destino si no tenía en cuenta la parada de rigor para reponer
fuerzas antes de iniciar los preparativos del asalto o por alguna otra razón.
Como si hubiese leído sus más profundos pensamientos, uno de los hombres que lo
precedía se desprendió del grupo paulatinamente y desmontó con cierta urgencia.
El suspiro de alivio que dejó escapar tras haber orinado arrancó una carcajada
a sus compañeros.
–Cúbrelo
con un poco de tierra, Wood, ¡puede olerse desde una milla! ¿Qué diablos has
estado bebiendo? –le espetó uno de los hombres más rezagados.
Sin
embargo otros de los muchachos pronto se sumaron a su iniciativa, acusando los
efectos del largo viaje.
No
alcanzaron la falda de la montaña hasta poco antes del mediodía. El silencio
había vuelto a adueñarse de la comitiva debido al cansancio que los embargaba y
a la drástica subida de temperatura que experimentó la llanura con la ascensión
del sol en el cielo. Para cuando hubieron descabalgado el sudor resbalaba por
sus rostros creando surcos irregulares en la suciedad adherida a ellos y hacía
que las camisas se les pegaran a las espaldas. La mayoría de las chaquetas y
levitas descansaban sobre los flancos traseros de los animales, desterradas
allí tras comprobar el infierno en que se había convertido el paraje.
–Moderad
la cantidad de agua que bebéis, creo que no os será difícil comprobar que la
que hay en las cantimploras será la única de la que dispondremos hasta que regresemos
al bosque –señaló Bill –. Buscaremos una sombra para resguardarnos, comeremos
un poco y nos pondremos manos a la obra, ¿entendido? Si necesitáis descansar
dormid un par de horas por turnos, pero no quiero encontraros a todos ahí
tirados a la vez. A media tarde nos reuniremos para repasar el plan –se giró
hacia Samuel, que ya se hallaba enfrascado en las tareas que le habían sido
asignadas, y añadió –. Ocúpate de
organizar al primer grupo. Charlie te relevará cuando estemos listos; K. Russel
y tú vendréis conmigo.
–¿Y
los muchachos? –preguntó su interlocutor, señalando con un ademán a los más
jóvenes.
La
mirada crítica de Bill recayó sobre los aludidos. Tras unos segundos de
meditación, concluyó:
–Que
se encarguen de vigilar los caballos y cuiden que no les falte nada a sus
compañeros. Más tarde les indicaré dónde deberán permanecer durante el asalto.
Atendiendo
a las órdenes de su superior cada uno se puso manos a la obra tras llenarse el
estómago con unos cuantos bocados de carne fría, puesto que les habían
prohibido encender cualquier clase de fuego. Durante las horas en que el sol se
mantuvo impasible sobre sus cabezas los hombres de Bill se agazaparon al amparo
de las rocas, en los resquicios de sombra que creaban una falsa ilusión de
frescura. Muchos se dejaron vencer por el sopor, mecidos en la suave y calurosa
brisa, y las conversaciones se apagaron progresivamente. Sugestionados por
aquella atmósfera de serenidad los muchachos más jóvenes hablaban en susurros
mientras alimentaban a los caballos y se afanaban por secar sus sudorosas
grupas.
–Me
muero de ganas de meterle una bala en la cabeza a esos hijos de puta –decía
Jimmy, rascando con un cuchillo la tierra que se había incrustado en los cascos
de uno de los animales.
–Ya
los has escuchado, no vamos a tomar parte en eso. Cuidaremos de esa pobre
bestia que carga las tiendas y los cacharros para cocinar, y nos ocuparemos de
que cada uno disponga de munición suficiente. Eso es todo –le recordó su
compañero, sensatamente.
–¿De
verdad te crees esas patrañas? ¡Sólo nos están poniendo a prueba!
–Escucha
una cosa, Jimmy, y piensa en ello –lo interrumpió Pat, que comenzaba a estar
harto de sus fantasías infantiles –. ¿Cuántas veces has disparado en tu vida?
¿A cuántos hombres has matado? ¿Qué has robado, aparte de alguna gallina vieja
que nadie quería ya? No van a encomendar sus vidas, su seguridad, a un par de
críos como nosotros, ¿lo entiendes?
No esperaba que sus palabras
tuvieran un efecto inmediato sobre el joven, sino que aplacaran su excitación y
contuvieran su inquieta lengua. Su actitud impulsiva lo enervaba sobremanera y
ya tenía suficiente con soportar el dolor de nalgas que le había provocado el
interminable trayecto a caballo como para preocuparse por el nerviosismo
crónico de Jimmy. Dirigió una mirada al resto de los hombres, que en aquel
momento se dedicaban a verificar que sus armas funcionaban correctamente y que
los cartuchos con que las cargaban no eran defectuosos. Contuvo un suspiro. A
él también le hubiera gustado poder participar en aquel asalto de manera más
activa, pero debían reconocer sus limitaciones.
A primera hora de la tarde
Charlie se separó del grupo, adentrándose en el desfiladero con un cigarro en
una mano y la otra apoyada sobre uno de sus revólveres. No dio explicaciones ni
se molestó en informar a su jefe de sus intenciones; simplemente se levantó y
se marchó. Al cabo de un rato lo siguieron Samuel y aquel tipo con pinta de
herrero, K. Russel lo habían llamado. Por su forma de actuar y de relacionarse
con sus compañeros debía haber trabajado con la banda en varias ocasiones; se
mostraba seguro, decidido, dispuesto a realizar cualquier tarea que se le
encomendara.
Más tarde, cuando apenas quedaba
una hora para la puesta del sol, los hombres de Bill regresaron a por sus
monturas en silencio. Había llegado el momento de pasar a la acción.