Nota preliminar

El viento levanta el polvo del camino hacia un cielo aún sin nubes; es tan ligero que apenas tiene tiempo de asentarse, pues enseguida vuelven a levantarlo los cascos de los caballos y las ruedas de los carros. Bajo la cegadora luz del sol las pequeñas partículas originan una neblina tostada que empaña la visión y se pega a la garganta. Casi toda la región es como una llanura amarilla tan desoladora que podría destrozarte el corazón; una pradera ininterrumpida, sin vallas y cubierta de pasto hasta más allá de donde alcanza la vista. Hacia el norte el paisaje se vuelve abrupto, ligeramente montañoso, con ríos de color azul marino y resplandor alcalino que evocan una sensación de serenidad incómoda.
Su nombre sabe a tierra y antigüedad, a amaneceres naranjas en los páramos desiertos sin más compañía que la austeridad del momento. Su nombre es la tierra. El vientre de la naturaleza inflamado de vida mientras los hombres marchan a contracorriente, la sangre derramada por los hijos de sus hijos adornando sus frentes.
El hombre blanco escribió su leyenda, pero ella la luce tatuada sobre la piel.

Bienvenidos a la Frontera.

Capítulo I

Llegó a la caída de la tarde desde el norte, deslizándose sigilosamente entre los árboles como si aún se encontrara acechando a alguna presa. Sus pasos estaban cuidadosamente medidos: posaba primero el talón, siempre un pie detrás del otro en línea recta, y mantenía las rodillas convenientemente flexionadas para que amortiguaran cualquier sonido. A veces, cuando el terreno aparecía cubierto con una capa de hojas secas más gruesa, balanceaba el peso sobre la cara externa de sus pies, ralentizando su avance pero asegurando su discreción. Sobre su hombro derecho colgaban un par de conejos, las patas atadas por un cordel, que se mecían suavemente al ritmo de sus movimientos. En la mano contraria portaba un arco sencillo con una flecha aún montada, de manera que si surgía la necesidad de hacer uso de él sólo tendría que tensar la cuerda y disparar. Aquella mañana había dejado el rifle en el campamento: solía decir que los animales cazados con armas de fuego nunca perdían el sabor a pólvora. Al divisar el tenue resplandor de la hoguera, apretó el paso. Se encontraba lo bastante cerca del claro donde se reunían sus compañeros como para permitirse aquel desliz respecto a la cautela en su caminar. Con todo y con eso, su instinto de supervivencia natural provocó que su llegada pasara desapercibida para la mayoría de los hombres que se encontraban allí reunidos.
El círculo de luz que rodeaba la fogata se había convertido en un hervidero de mosquitos, de forma que el tipo que se encargaba de la comida se veía obligado a remover el contenido de la olla sin apenas levantar la tapa. Del interior del recipiente surgía un delicioso borboteo que, como descubrirían más tarde, no hacía justicia al sabor del guiso. El improvisado cocinero, un muchacho de apenas veinte años que había sido reclutado expresamente para las labores de menor importancia, se agitó inquieto al percatarse de la presencia que parecía haberse materializado súbitamente junto a él. Tras recolocarse el sombrero, un lamentable gesto para camuflar su nerviosismo, se hizo con los animales que habían sido dejados a sus pies. No pudo reprimir un escalofrío al observar el orificio que presentaba el cráneo de cada conejo. Habían sido dos disparos certeros, completamente limpios. Un hombre se aproximó al fuego, rompiendo el tenso y turbador silencio que presidía el crepitar de la lumbre.
–Si hubiera sabido que esta noche cenaríamos carne fresca no me habría atiborrado de pan seco –bromeó el recién llegado.
Se trataba de un hombre maduro, de rostro curtido y pequeños ojos negros que jamás dejaban de titilar, recordando irremediablemente a los de una rata. Las sombras que vertían las llamas sobre él le otorgaban un aspecto hierático que no encajaba con su carácter afable. Sin esperar una respuesta se sentó junto al muchacho que cocinaba, sobre un delgado tronco de abedul, y extrajo un cuchillo de su bota. Le faltaban el dedo corazón y una falange del meñique de la mano izquierda.
–¿Por qué no te sientas, Olive? –invitó, sin levantar la vista del conejo que se disponía a despellejar–. Charlie aún no ha vuelto.
La aludida, en cambio, sí centró en él su mirada, con manifiesto desinterés. Al cabo de unos minutos relajó la postura, se colgó el arco a la espalda y dio media vuelta. Sin pronunciar palabra se dirigió hacia la zona donde descansaban los caballos mientras los demás hombres que formaban el grupo avanzaban en dirección contraria, atraídos por el olor del guiso.
Poco antes de que el sol fuera engullido por el horizonte extendió sus últimos rayos a ras de suelo, al fondo del bosque, tiñéndolo momentáneamente de rojo fuego. Apenas unos minutos después llegó la fría luz del crepúsculo, derramando un celeste mortecino sobre las temblorosas hojas de los árboles hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Las sombras se alargaron infinitamente tocándose unas a otras y se fundieron en una opacidad uniforme, húmeda. El anochecer trajo consigo la inquietud, el recelo. Los mismo hombres que horas antes trabajan hombro con hombro escrutaban los rostros de sus compañeros más cercanos con desconfianza, preguntándose qué ocultarían bajo aquellos sombreros, en el interior de aquellas chaquetas. Se encendieron algunas linternas solitarias, y cada uno fue a reunirse allí donde aparecía un cerco de luz que despejara sus temores más irracionales, a la espera de su turno de recibir un plato caliente con que llenarse el estómago.
El claro quedó inundado por un murmullo acogedor, acompañado del entrechocar de las cucharas contra los cuencos de madera. El individuo al que le faltaba parte de los dedos charlaba animadamente con otras tres personas que se encontraban sentadas alrededor de la hoguera donde se había cocinado. A su derecha, el muchacho artífice del estofado mordisqueaba con fruición un pequeño trozo de carne que había rescatado de las profundidades de la olla, ajeno a la conversación que se desarrollaba a su lado.
–Tenía unos pechos que olían a rosas y a desierto, y cada noche la contemplaba secar la saliva con que los borrachos los salpicaban. Eran una perdición. Conocía algunas canciones que sonrojarían a las más pudorosas, era lo que más me divertía de ella. Por aquella hermosa bailarina de Kansas City perdí medio meñique, hace ya de esto doce años –explicó orgulloso el tipo de los ojos de rata, después de haber enumerado otras tres historias similares correspondientes a las respectivas falanges de su dedo corazón, o más bien a la ausencia de ellas. A partir de aquel momento a ninguno de los presentes le cupo la menor duda de que la cordura no era su punto fuerte.
–¿Qué dedo te cortarás cuando me vaya yo, Samuel? –preguntó la llamada Olive, que acababa de acercarse a ellos.
Durante la milésima de segundo que permaneció pendiendo del aire el silencio anterior a la respuesta, los hombres alzaron la vista hacia ella como si pretendieran leer en su rostro la verdadera intención de sus palabras, sutilmente camufladas por un tono dulce e inocente. Sin embargo, en el interior de sus almendrados ojos verdes sólo se atisbaba un brillo de ternura paternofilial.
–Tendré que cortarme las dos manos, querida. Y quizás incluso sea necesario perder un pie también –aseguró el aludido con comicidad, pero sonriendo sinceramente.
Samuel palmeó el tronco con suavidad, indicándole a la mujer de rasgos ligeramente indígenas que tomara asiento en el hueco que quedaba a su izquierda. Cuando ésta hubo aceptado su invitación, le tendió una ración de guiso y regresó a su conversación distraídamente.
Resultaba cuanto menos llamativa la presencia de una persona del sexo femenino en aquel lugar, en aquella situación, por lo que se hacía muy complicado no tratar de observarla disimuladamente. Tal vez el hecho de que utilizara ropas como las de los hombres, unos pantalones y una camisa de gamuza, aliviara la peculiaridad de la imagen, pero ni siquiera su sencilla vestimenta conseguía disimular por completo su hipnótica feminidad. Su piel, excesivamente bronceada en comparación con la de las mujeres pálidas de ciudad, así como sus maneras bruscas y algo primitivas, disuadían a cualquier incauto que tuviera la tentación de acercarse más de lo debido a ella. Por otra parte algunos se sentían intimidados por aquellas plumas de halcón que se adivinaban entre sus cabellos, confirmando que las historias que se contaban estaban al menos fundamentadas en algo real. El muchacho encargado de la comida se preguntó si también habría cazado los pájaros a los que pertenecían.
Unas espuelas tintinearon entre la espesura, desviando su atención de improviso y provocando que su corazón se desbocase. Su juventud e inexperiencia habían hecho que durante toda la jornada se sobresaltara constantemente, a veces ante situaciones tan ridículas que tras el susto inicial había querido asegurarse de que nadie se había percatado de su reacción. Una vez que el sol se había puesto y el bosque había quedado absorbido por una negrura impenetrable, su miedo no había hecho más que crecer. Una sombra se movió entonces sobre las otras que configuraban el fondo del claro donde se encontraban, y su instinto hizo el resto. Sus dedos se crisparon sobre el gatillo del revólver. La sangre le martilleaba en los oídos. De nuevo aquella furtiva silueta deslizándose por la linde del bosque, pero esta vez otro oscuro perfil se había sumado a ella. Notaba la boca seca, cada músculo de su cuerpo en tensión. Miró de reojo a sus compañeros, uno a uno, y descubrió que permanecían ajenos a lo que había incitado su alarma. Volvió a sentirse estúpido por haberse precipitado, por haberse dejado llevar ante lo que probablemente no fuera más que una ilusión. Intentó serenarse, recuperar la compostura, pero una breve risa hizo que no pudiera desterrar el nerviosismo que se agitaba en lo más hondo de su pecho. Sus ojos se toparon con los de la mujer, que parecía encontrar muy gracioso su comportamiento.
–¿De dónde demonios sacas a estos muchachos, Samuel? –sonrió maliciosamente Olive–. La mitad de ellos parecen tan asustados como si jamás hubieran dormido a la intemperie.
–No sea dura con él, pequeña –respondió el hombre, comprendiendo de inmediato a qué se debía aquel comentario–. Es la primera vez que Pat trabaja con la banda, es normal que tema ser sorprendido.
–Me pareció ver a alguien –masculló el joven a modo de disculpa, sonrojándose.
–Nunca mires demasiado rato a la oscuridad o te volverás completamente loco, ranchero.
Un revuelo sacudió la zona donde se encontraban atados los caballos. El resoplido inquieto de los animales sacó a Pat de su ensimismamiento, pero antes de que pudiera siquiera ponerse en pie para ir a calmarlos quedó paralizado de impresión. A un palmo escaso de su posición se materializó la figura de un hombre de mediana edad de cuyo rostro sólo era posible distinguir la parte inferior, salpicada por una barba de varios días, pues el resto permanecía cuidadosamente oculto bajo el ala del sombrero. Al caminar, sus botas producían un sonido metálico que, como Pat comprobó, tenían su origen en el mismo par de espuelas cuyo rodar lo había alterado recientemente. Si no hubiera sido porque reconoció instantáneamente a la persona que se encontraba a su espalda, el muchacho hubiera vuelto a entrar en pánico.
La visión del afamado forajido Bill Turner no resultaba tan temible por su complexión robusta como por el halo de majestuosidad que lo envolvía. El paso del tiempo no lo había tratado demasiado bien, encorvando sutilmente sus hombros y añadiendo canas a su pelo de manera indiscriminada a sus apenas cuarenta años de edad. Los abultados músculos de sus mejillas difuminaban la severidad general de sus facciones, aunque su expresión estoica bastaba para disuadir a cualquiera de sentir un ápice de compasión por él. Su boca, una línea recta por encima de aquel prominente mentón, parecía el corte de un cuchillo en la corteza de un árbol al que cada sonrisa hiciera sangrar. Tenía los ojos grises, profundos, producto de su herencia materna; se contaba que podía permanecer tanto tiempo sin parpadear que producían el mismo efecto hipnótico que los de las serpientes. Gustaba de cuidar su aspecto en la medida que sus correrías se lo permitían, y se sentía hasta tal punto incómodo cuando se percataba de la incipiente barba que siempre llevaba consigo una navaja de afeitar. Vestía con refinado atildamiento: camisa plisada, pañuelo anudado al cuello por debajo de una chaqueta sin mangas, levita oscura y sombrero de fieltro. Procuraba, asimismo, mantenerse correcto en sus formas, como si de ese modo pudiera justificar su sangre fría. Hombre culto, de intachable resolución, versado en letras y matemáticas, había cambiado su apellido haciendo imposible determinar su lugar de procedencia, y quién sabía si tampoco Bill era su nombre real. Se declaraba romántico por naturaleza, aficionado a la poesía y las novelas de bandidos, las cuales encontraba realmente divertidas.
No mataba damas, niños ni salvajes, tal vez por respeto a su cultura, tal vez por respeto a su protegida, poco importaba. Llevaba poco tiempo en activo, o al menos siendo considerado lo bastante peligroso para preocupar a las autoridades, pero el elevado número de muertes que se le atribuía unido a los más de treinta asaltos a diligencias perpetrados con su banda en los últimos dos años habían hecho que le pusieran un alto precio a su cabeza. No obstante, la incompatibilidad de las descripciones proporcionadas por los escasos supervivientes que dejaba a su paso reducía prácticamente a cero las posibilidades de atraparlo. Y sin embargo allí estaba en ese momento, a tan pocos metros que Pat podía escuchar su respiración incluso sobre el murmullo del grupo.
Su aparición no había pasado desapercibida: la hoguera donde se había preparado la cena enseguida quedó rodeada por el resto de hombres reclutados para formar parte de la banda. Samuel fue el primero en ponerse en pie para recibir a su jefe obviando por completo al tipo de las espuelas, con el que casi chocó.
–Ya empezaba a pensar que te habías olvidado de pasar a buscar a tus hombres, maldito Turner –rió, al tiempo que le estrechaba la mano con efusividad.
Se hizo un silencio sepulcral, cargado de expectación. Todos temían cuál sería la reacción del forajido ante aquella descarada muestra de confianza. Él se limitó a esbozar una suave sonrisa, pero aquel gesto que pretendía resultar amistoso deformó sus facciones de manera indescriptible.
–Fíjate en cómo te miran todos, Samuel. ¿Has vuelto a contar esa absurda historia sobre los dedos que te faltan?
El aludido se encogió de hombros sin dejar de mostrar su desdentada sonrisa, quitándole importancia al asunto.
–Que empiecen a levantar el campamento, partiremos dentro de una hora. Quiero las armas cargadas y preparadas en los caballos, y encárgate tú mismo de apagar el fuego o medio condado se enterará de que estamos aquí –ordenó Bill.
Sus palabras confirmaron lo que muchos ya sospechaban acerca de la relación que unía a los dos hombres. Según lo que el propio Samuel había explicado a Pat, él se encargaba de reclutar a los muchachos óptimos para cada trabajo, instruir a los más jóvenes y supervisar las tareas que les eran encomendadas, resultando evidente la profunda confianza que depositaba Bill en éste.
En apenas cinco minutos el grupo al completo se había puesto en marcha. Los más diestros se encargaron de poner a punto las armas, comprobando que no se engatillaran y cerciorándose de que disponían de una bala en la recámara. Después las aseguraron bajo los faldones de las sillas de montar, cuidándose de no apretar demasiado las cinchas para que pudieran ser desenfundadas lo más rápido posible. Pat y otro muchacho de nervios exaltados se dedicaron a empaquetar los aperos de cocina cerca de la hoguera. Serían los encargados de vigilar el campamento mientras el resto de la banda asaltaba aquella diligencia, y aunque su parte del botín no sería tan cuantiosa como la del resto tendrían la oportunidad de volver a trabajar para Bill en próximas ocasiones.
La arboleda a través de la cual se encaminaban se reducía a un complejo entramado de árboles y vegetación salvaje tan espesa que frenaba el avance de la banda con desesperante frecuencia. La oscuridad se había propagado sin miramientos mucho antes de que abandonasen el claro, convirtiendo el paisaje en una densa maraña de sombras impenetrables hasta más allá de donde les alcanzaba la vista. Al sonido de fondo de la nocturnidad del bosque se sumaba únicamente el crujido de las hojas bajo sus pies y el zumbido de los mosquitos atraídos por el calor que desprendían las monturas. Se respiraba un cierto aire de tensión, de miedo camuflado tras las mandíbulas apretadas de algunos de los hombres, que perduró incluso cuando Samuel les indicó que habían llegado por fin a la linde de la floresta. Se alejaron de los caminos transitados y de aquellos lugares donde la hierba crecía de manera irregular dando a entender que eran zonas de paso utilizadas con relativa periodicidad. Negro sobre negro en la noche casi sin luna, el grupo emprendió el viaje por la llanura en pos de Bill. La sensación de un millar de ojos acechándolos era generalizada a pesar del amparo que la penumbra les ofrecía. Quién sabía qué animales podrían ocultar las hierbas altas, amén de otras hostilidades en las que muchos no querían ni pensar.
El amanecer se encontraba ya próximo, y en la distancia se apreciaba un halo de claridad naciendo entre la silueta de unas montañas. Habían tardado unas seis horas en recorrer el trayecto, debido principalmente al ritmo lento que habían impuesto a sus caballos para evitar que se sofocaran y resultaran inútiles si surgía la necesidad de emprender una retirada inesperada. Charlie, el tipo de las espuelas, calculó que, con suerte, aún les quedaba otra hora al menos para llegar a su destino si no tenía en cuenta la parada de rigor para reponer fuerzas antes de iniciar los preparativos del asalto o por alguna otra razón. Como si hubiese leído sus más profundos pensamientos, uno de los hombres que lo precedía se desprendió del grupo paulatinamente y desmontó con cierta urgencia. El suspiro de alivio que dejó escapar tras haber orinado arrancó una carcajada a sus compañeros.
–Cúbrelo con un poco de tierra, Wood, ¡puede olerse desde una milla! ¿Qué diablos has estado bebiendo? –le espetó uno de los hombres más rezagados.
Sin embargo otros de los muchachos pronto se sumaron a su iniciativa, acusando los efectos del largo viaje.
No alcanzaron la falda de la montaña hasta poco antes del mediodía. El silencio había vuelto a adueñarse de la comitiva debido al cansancio que los embargaba y a la drástica subida de temperatura que experimentó la llanura con la ascensión del sol en el cielo. Para cuando hubieron descabalgado el sudor resbalaba por sus rostros creando surcos irregulares en la suciedad adherida a ellos y hacía que las camisas se les pegaran a las espaldas. La mayoría de las chaquetas y levitas descansaban sobre los flancos traseros de los animales, desterradas allí tras comprobar el infierno en que se había convertido el paraje.
–Moderad la cantidad de agua que bebéis, creo que no os será difícil comprobar que la que hay en las cantimploras será la única de la que dispondremos hasta que regresemos al bosque –señaló Bill –. Buscaremos una sombra para resguardarnos, comeremos un poco y nos pondremos manos a la obra, ¿entendido? Si necesitáis descansar dormid un par de horas por turnos, pero no quiero encontraros a todos ahí tirados a la vez. A media tarde nos reuniremos para repasar el plan –se giró hacia Samuel, que ya se hallaba enfrascado en las tareas que le habían sido asignadas,  y añadió –. Ocúpate de organizar al primer grupo. Charlie te relevará cuando estemos listos; K. Russel y tú vendréis conmigo.
–¿Y los muchachos? –preguntó su interlocutor, señalando con un ademán a los más jóvenes.
La mirada crítica de Bill recayó sobre los aludidos. Tras unos segundos de meditación, concluyó:
–Que se encarguen de vigilar los caballos y cuiden que no les falte nada a sus compañeros. Más tarde les indicaré dónde deberán permanecer durante el asalto.
Atendiendo a las órdenes de su superior cada uno se puso manos a la obra tras llenarse el estómago con unos cuantos bocados de carne fría, puesto que les habían prohibido encender cualquier clase de fuego. Durante las horas en que el sol se mantuvo impasible sobre sus cabezas los hombres de Bill se agazaparon al amparo de las rocas, en los resquicios de sombra que creaban una falsa ilusión de frescura. Muchos se dejaron vencer por el sopor, mecidos en la suave y calurosa brisa, y las conversaciones se apagaron progresivamente. Sugestionados por aquella atmósfera de serenidad los muchachos más jóvenes hablaban en susurros mientras alimentaban a los caballos y se afanaban por secar sus sudorosas grupas.
–Me muero de ganas de meterle una bala en la cabeza a esos hijos de puta –decía Jimmy, rascando con un cuchillo la tierra que se había incrustado en los cascos de uno de los animales.
–Ya los has escuchado, no vamos a tomar parte en eso. Cuidaremos de esa pobre bestia que carga las tiendas y los cacharros para cocinar, y nos ocuparemos de que cada uno disponga de munición suficiente. Eso es todo –le recordó su compañero, sensatamente.
–¿De verdad te crees esas patrañas? ¡Sólo nos están poniendo a prueba!
–Escucha una cosa, Jimmy, y piensa en ello –lo interrumpió Pat, que comenzaba a estar harto de sus fantasías infantiles –. ¿Cuántas veces has disparado en tu vida? ¿A cuántos hombres has matado? ¿Qué has robado, aparte de alguna gallina vieja que nadie quería ya? No van a encomendar sus vidas, su seguridad, a un par de críos como nosotros, ¿lo entiendes?
                No esperaba que sus palabras tuvieran un efecto inmediato sobre el joven, sino que aplacaran su excitación y contuvieran su inquieta lengua. Su actitud impulsiva lo enervaba sobremanera y ya tenía suficiente con soportar el dolor de nalgas que le había provocado el interminable trayecto a caballo como para preocuparse por el nerviosismo crónico de Jimmy. Dirigió una mirada al resto de los hombres, que en aquel momento se dedicaban a verificar que sus armas funcionaban correctamente y que los cartuchos con que las cargaban no eran defectuosos. Contuvo un suspiro. A él también le hubiera gustado poder participar en aquel asalto de manera más activa, pero debían reconocer sus limitaciones.
                A primera hora de la tarde Charlie se separó del grupo, adentrándose en el desfiladero con un cigarro en una mano y la otra apoyada sobre uno de sus revólveres. No dio explicaciones ni se molestó en informar a su jefe de sus intenciones; simplemente se levantó y se marchó. Al cabo de un rato lo siguieron Samuel y aquel tipo con pinta de herrero, K. Russel lo habían llamado. Por su forma de actuar y de relacionarse con sus compañeros debía haber trabajado con la banda en varias ocasiones; se mostraba seguro, decidido, dispuesto a realizar cualquier tarea que se le encomendara.

                Más tarde, cuando apenas quedaba una hora para la puesta del sol, los hombres de Bill regresaron a por sus monturas en silencio. Había llegado el momento de pasar a la acción.

Capítulo II

Acuclillado al borde del abismo Charlie entrecerró los ojos para amortiguar la insoportable intensidad del sol a última hora de la tarde y comprobó la visibilidad que aquel lugar ofrecía. Si la diligencia no variaba el rumbo establecido pasaría lo bastante cerca como para que el rifle de Olive pudiera alcanzar a sus ocupantes, sin lugar a dudas. Siguió con la mirada el sendero que corría a los pies de la montaña. Al borde del mismo, parapetados tras un recodo de las rocas, Samuel y algunos de los muchachos revisaban sus armas. Hacia el oeste, a un par de millas, se distinguía ya la ligera nube de polvo que levantaban las ruedas de la diligencia en su desesperada carrera por alcanzar el pueblo más próximo antes de que fuera noche cerrada.
–Llegan antes de lo previsto –se dijo en voz alta.
–Démonos prisa entonces, o esos chiquillos se las tendrán que ver solos con los oficiales –respondió Bill, dándole la última calada a un cigarrillo. Lo dejó caer con indiferencia y lo aplastó con el pie hasta que se deshizo en unas cuantas hebras de tabaco.
A sus oídos llegó el eco del traqueteo de la diligencia, indicándoles que acababa de penetrar en aquella especie de desfiladero que habían elegido para tender la emboscada. Debían escoltarla seis jinetes al menos, aunque  resultaba difícil de precisar. El forajido repasó de memoria los hombres que habían reclutado, más por costumbre que porque temiese que los superasen en número. Tras asegurarse de que todo estaba en orden tanto en la cima como al pie del cerro clavó los talones en los flancos de su montura y siguió a Charlie.
–Tened cuidado –los despidió Olive.
Había terminado de cargar su rifle y ajustarse el cinto de munición cruzándole el pecho, y mientras los dos hombres precedían el descenso del resto del grupo se apostó junto al precipicio para estudiar el ángulo de disparo óptimo. Para cuando hubo finalizado de poner a punto los últimos detalles sus compañeros ya habían alcanzado su destino. Charlie tomó el relevo de Samuel donde el camino trazaba una suave curva, pero Bill había continuado avanzando con otro hombre hacia el final del mismo. Los dos grupos diferenciados que conformaban la banda escogieron con meticulosidad sus escondites, aprovechando las sombras que proyectaban las faldas de las montañas para camuflar las suyas propias. Los oficiales que acompañaban la diligencia no repararían en ellos hasta que fuera demasiado tarde.
El sol continuaba su vertiginoso descenso sin mostrar un ápice de compasión por los que aún permanecían en los caminos con la noche pisándoles los talones. El astillado restallar de las ruedas contra el suelo seco y el chacoloteo de los caballos alcanzaron un volumen estruendoso. Charlie levantó una mano para reclamar la atención de su avanzadilla y se cubrió la parte inferior del rostro con el pañuelo que llevaba anudado al cuello. Sus seis hombres lo imitaron inmediatamente. La tensión se percibía en el silencio que los gobernaba, en sus espaldas rectas y sus dedos crispados sobre los gatillos, en el hedor a muerte que comenzaba a levantarse a medida que las sombras de la comitiva iban evolucionando sobre el camino. Incluso los caballos se removían en sus sitios, nerviosos.
Resultaría imposible determinar a quién pertenecía el disparo que abrió el tiroteo. Una vez que el jinete que encabezaba la comitiva pasó como un rayo frente a ellos, sin reparar milagrosamente en su presencia, los bandidos se prepararon para espolear a sus monturas. El  carro de monstruoso tamaño cruzó a continuación, seguido de otros cuatro hombres armados. Charlie no dudó: su caballo surgió entre la vegetación de repente, como si acabase de brotar de la propia tierra, y emprendió un galope desaforado en pos de su objetivo. Los oficiales que cerraban la marcha no necesitaron mirar a sus espaldas para certificar lo comprometido de su situación. Desenfundaron sus revólveres sin más y dieron la voz de alarma. El forajido lanzó un aullido salvaje de éxtasis. Las balas volaron en todas direcciones, imprecisas, descontroladas. El tipo pelirrojo que había compartido su cena con él se puso a la cabeza del grupo, amartillando el revólver con presteza. Su último disparo arrancó una chispa a la diligencia tras impactar con la parte de metal trasera. Trató de advertirle que se centrara en derribar a los oficiales, pero antes de lograr hacerse oír por encima del escándalo su compañero se desplomó con un orificio abierto en el pecho.
Charlie retuvo su caballo ligeramente, buscando una posición más segura al resguardarse entre sus cinco hombres restantes. Además, habían galopado a tal velocidad que era imposible mantener el control de la dirección de sus disparos. Mientras veía de reojo caer a otro de ellos apreció un aguijonazo de dolor en el brazo con el que conducía su caballo. Apretó los dientes, alzó el revólver y dedicó unos segundos a apuntar al jinete que se encontraba más cerca. Comprobó entonces que la comitiva modificaba su estrategia: el hombre que conducía la diligencia fustigó a los caballos en cumplimiento del código establecido en caso de que se produjera un intento de asalto, y poco a poco fue distanciándose de los oficiales rezagados. El forajido sonrió.
Desde donde se ocultaba Bill no era posible ser testigo de la acción, así que mantenía la mirada clavada en la cima del cerro a la espera de que Olive realizara la señal convenida. Acarició la culata del rifle para confirmar que seguía descansando sobre su antebrazo. Ante él K. Russel intercambiaba impresiones en susurros con Samuel para aliviar la angustia de la expectación. La incertidumbre eran piedras en el corazón.
El estrépito de un disparo grave hendió el aire del anochecer, una, dos veces, recibiendo como respuesta un grito exánime y un chasquido metálico. Bill supo que era el momento de ponerse en marcha. Hizo que su montura se deslizara entre las de quienes tenía delante, invitándolas a seguirlo. Los tres hombres se desplegaron en una línea irregular de forma que abarcaban todo el ancho del sendero. El oficial que aún iba a la cabeza parecía más preocupado por lo que sucedía al final de la comitiva que por cualquier amenaza que pudiera surgir a continuación. El cochero vociferó algo ininteligible, una advertencia con toda seguridad, pues el jinete se volvió para averiguar qué trataba de señalarle. No resultaba difícil leer el miedo en su joven rostro a pesar de la creciente oscuridad. A apenas unos metros de sus ojos se dibujó la tenebrosa boca del rifle de Bill, que escupió una bala dirigida a su pecho sin que pudiera hacer nada para esquivarla. Samuel hizo un gesto hacia los animales que tiraban de la diligencia y abrió fuego contra ellos. El carro se desestabilizó debido a la inercia mientras los caballos perdían pie, y al cabo de unos instantes se desplomó sobre un costado, aplastando al conductor bajo su peso. Los hombres tuvieron que apartarse ligeramente para evitar que los arrollara, pues aún patinó por el camino algunos metros arrastrando consigo al único caballo que había sobrevivido a las balas.
–No os acerquéis, aún no sabemos cuántos más venían con estos –ordenó Bill con expresión severa.
Los disparos todavía se sobreponían a los relinchos agónicos de los caballos heridos y los cascos de los que aún no habían caído. Según sus cálculos no podían encontrarse muy lejos ya. En efecto, antes de que el último recodo del camino apreciable desde su situación se cubriera de densa oscuridad se hicieron visibles tres siluetas a galope tendido. Bill recargó el rifle. Cuando estuvo seguro de que una de ellas correspondía a un oficial, gracias a que éste abrió fuego contra sus perseguidores, se dispuso a apretar el gatillo, pero alguno de sus hombres lo abatió antes. El cuerpo quedó tendido inerte sobre la cerviz de su montura, la cual pasó junto a Samuel y desapareció en la noche. Charlie lanzó una exclamación de triunfo.
–Vamos, ¿a qué esperáis? Me muero de ganas por ver qué nos han traído esta vez esos cabrones –comentó al reunirse con los demás, sin ocultar su impaciencia.
Bajó de su caballo de un salto, rebosando adrenalina por cada poro de su piel, y rodeó la diligencia volcada con ojo crítico. La oscuridad comenzaba a volverse impenetrable, así que tendrían que aguardar a disponer de alguna fuente de luz para hacerse con el merecido botín.
–¿Los has perdido a todos? –preguntó Bill, refiriéndose a los hombres que había enviado con él.
Charlie miró alrededor con fingida sorpresa como si hasta aquel momento no se hubiera percatado de que no había nadie a su lado, denotando la profunda indiferencia que aquellos tipos le causaban. Reparó en el jinete que lo había acompañado en el último tramo del camino y lo señaló con un movimiento desganado:
–No a todos, ahí tienes a Wood. Quizás deberíamos al menos haber enseñado a disparar al resto antes de sacarlos a jugar a pistoleros.
Un profundo silencio se adueñó de los presentes, producto de la impresión que aquellas palabras les infundieron. Destilaban un desprecio inhumano hacia los que acababan de perder la vida por la causa común, y a pesar de la reputación de hombre despiadado y poco cuerdo que lo precedía no podían dejar de resultar escalofriantes.
El único que permanecía ajeno a la tensa situación que se había creado era Samuel, el cual observaba con los ojos fruncidos algún punto del camino. Se distinguían ciertos movimientos sobre la ladera de la montaña, aunque era imposible determinar a qué se debían. El viento que se colaba en el desfiladero tampoco arrastraba ningún ruido u olor preocupantes. Aquella calma le preocupaba sobremanera. Como justo antes de la tormenta, pensó. De pronto sus oídos captaron un eco conocido, una pareja de notas agudas silbadas que ascendía y después decaía sutilmente. Respondió al instante, utilizando ambas manos para amplificar el sonido. Cerca de donde se había ocultado con Bill antes de perpetrar el asalto nació una mota anaranjada que creció y se multiplicó conforme se reducía la distancia que los separaba. Aquel pequeño enjambre de luciérnagas se transformó finalmente en la titilante imagen del rostro de Olive y de los dos jóvenes que habían quedado al cargo de las pertenencias de la banda. Pat y Jimmy trataban de ocultar la excitación que los embargaba, y sus mejillas se habían tornado de un rosa vivo que relucía en la penumbra casi tanto como el brillo de admiración de sus miradas.
–¿Y bien? –inquirió la mujer, señalando con la barbilla la diligencia.
–Aún no lo sabemos, hermanita –le respondió rápidamente Charlie–. Estábamos esperando a reunirnos todos para reventar la caja.
–¿Comprobaste que eran los únicos? –los interrumpió Bill.
Ella asintió, sin pasar por alto el tinte de inquietud que empañaba la voz del forajido.
–¡Traed esas linternas de una vez, maldita sea!
Dispusieron las lamparillas de aceite formando una especie de arco frente a la puerta del carro, las pálidas llamas arrojando una cuidada distribución de reflejos y sombras sobre el mismo. La banda rodeó la diligencia. Las respiraciones agitadas, el sudor aún fresco sobre la piel, la ambición y la codicia palpitando en sus pechos hacían pensar en una manada de lobos hambrientos. K. Russel sacó su cuchillo de la bota, un arma tosca pero extremadamente recia a la que pocas cerraduras se le resistían. En su inmensa mano de dedos rollizos se movía con sorprendente soltura, escarbando con obstinación en las profundidades del cerrojo y arrancándole chirridos quejumbrosos. Súbitamente el hombre se detuvo. Lanzó una maldición.
–¿Habéis oído? –preguntó sin disimular su desconfianza.
Hasta los caballos parecieron contener el aliento. Los miembros del grupo intercambiaron miradas interrogantes. Al cabo de unos segundos se repitió aquel sonido, una especie de gemido que nacía de las entrañas del vehículo. Los dos muchachos más jóvenes dejaron escapar una risita nerviosa de incredulidad.
–¿Qué diantres es eso? –se atrevió a mascullar Pat.
Bill se abrió paso en dirección a K. Russel, haciendo retroceder al grupo. Se agachó a su lado; su rostro reflejaba una intensa concentración. Jugueteaba con el martillo de su revólver mientras evaluaba la situación. Escuchó cómo algunos de los que se encontraban tras él cargaban sus armas.
–Termina con eso y aléjate –ordenó al fin.
K. Russel no rechistó. Sus gestos se habían vuelto dubitativos, se le había erizado el pelo de la nuca a causa del recelo, pero no se atrevió a desafiar el dictamen de su jefe. La hoja de su cuchillo hurgó un poco más en la cerradura. Clic. El hombre retiró con parsimonia la barra metálica que mantenía afianzada la puerta de la diligencia, sin apartar los ojos de Bill. Cuando éste se lo indicó, terminó de extraerla de su carril y se echó hacia atrás lo más rápido que pudo. Cuatro pistolas apuntaron simultáneamente hacia la abertura.
Una mezcla de rechinamientos y tintineos metálicos se hizo eco en el desfiladero, culminando en un golpe seco de la puerta contra el suelo. Desde el interior rodaron algunos sacos cerrados, unas cajas envueltas en papel y un bulto informe que al principio nadie pudo identificar. Sin embargo el precario equilibrio al que estaba sometido el contenido de la diligencia lo hizo terminar de deslizarse hasta el suelo. Un brazo se desenrolló acompañado de un gemido, revelando su naturaleza. Charlie no perdió un segundo: se abalanzó sobre el cuerpo semiinconsciente del oficial y tiró de él hasta que quedó fuera del compartimento por completo. Se deshizo del arma que sostenía y lo sujetó de forma que sus rostros quedaran casi a la misma altura. Su mandíbula colgaba ligeramente.
–Eh, amigo, ¿qué diablos pasa contigo? –gruñó el forajido, esbozando una sonrisa retorcida.
El oficial emitió un sonido inarticulado. Sus ojos vagaban de un lado a otro, incapaces de centrarse en un punto fijo, pero poco a poco comenzaron a recobrar la normalidad. Charlie sumergió los dedos en su espesa cabellera y los cerró con fuerza, desplazándole la cabeza hacia delante para que la parte posterior quedase expuesta. Allí el pelo se mostraba apelmazado bajo un cuajarón de sangre fresca, resultado sin duda del vuelco de la diligencia. El oficial opuso cierta resistencia y la mano que lo mantenía erguido lo dejó caer para desenfundar el revólver rápidamente, en un movimiento que bien podría compararse con la reacción de quien descubre de repente una serpiente dispuesta a saltarle al cuello. Al terminar de espabilarse el hombre se encontró indefenso frente al cañón del arma de Charlie. Se echó a temblar.
–Por… favor… –balbució.
–¿Qué hacemos con él? –preguntó K. Russel a su jefe. Charlie clavó en él sus ojos y después los dejó deambular hasta Bill.
–No ha sido una amenaza para nosotros en realidad, pero lo será si dejamos que se vaya –sentenció éste con voz neutra.
–¡Juro que no diré nada! –los interrumpió el oficial, conmocionado, aferrándose al robillo de Charlie con profunda desesperación–. Cogeré un caballo y desapareceré del estado, lo prometo.
–Sí, sí, ya nos conocemos esa historia. Ocúpate de él, Charlie. Samuel, tú y los dos chicos id a comprobar si queda alguien a quien podamos salvar ahí detrás, o algún caballo que pueda sernos útil. Los demás empezad a cargar el botín.
El grupo se puso en marcha tan pronto como Bill terminó de hablar. Después de que una bala silenciara las súplicas del oficial herido el desfiladero volvió a quedar sumido en su calma habitual. El ambiente estaba cargado del ácido olor de la sangre fresca, de la pólvora y el miedo, del sudor de los hombres y los animales. Bajo la trémula luz de la única linterna que había quedado junto a la diligencia comenzaron el saqueo. Separaron los sacos del resto de paquetes y los ataron bajo los faldones de la silla del rocín que transportaba sus pertenencias. Bill y Charlie se dedicaron a estudiar el interior de las cajas pequeñas, guardando en sus chaquetas aquellas que contenían munición y desechando las que no eran más que fardos de correspondencia. Las muecas de decepción surgieron enseguida. La recompensa no era tan cuantiosa como habían esperado, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de efectivos que habían perdido.
–Puede que dividiesen la mercancía para asegurarse de que al menos una parte llegaba a su destino –especuló Bill en un susurro–. En ese caso la otra diligencia no debería andar muy lejos…
–¿Sugieres que vayamos a por ella? –infirió su compañero.
–Sería un suicidio, apenas sí somos ocho personas y dudo que esos dos chicos hayan apretado jamás un gatillo. Lo más conveniente será reunir algunos hombres más y tratar de interceptar alguna caravana al azar antes de disolvernos.
–Es un tanto precipitado, ¿no? –terció Olive, apareciendo repentinamente junto a ellos. Sin esperar una respuesta o invitación se hizo con algunos cartuchos y los introdujo en las rendijas de su cinto. Apartó un puñado de joyas, cogió unos saquitos de tela que se encontraban debajo y los olisqueó antes de hacerlos desaparecer en el interior de su bolsillo–. Los caballos están agotados, ese tipo apenas puede articular palabra a causa del terror y a ti te han disparado –añadió, dirigiéndose a Charlie–. ¿No sería más sensato descansar un par de días?
Los dos hombres meditaron acerca de sus palabras, pero antes de que emitieran un juicio ella ya se había marchado de su lado para recibir al grupo que había ido en busca de supervivientes. Los dos muchachos más jóvenes habían mudado sus expresiones de entusiasmo, impactados por el escenario sobre el que se habían visto obligados a desfilar. En sus facciones, ahora pálidas en extremo, se leían los esbozos de la masacre que acababan de presenciar y sus manos temblorosas apenas conservaban fuerzas para sujetar las linternas. La culata de sus revólveres asomaban por encima del cinturón y Olive se preguntó si habrían sido capaces de poner fin a la vida de alguno de sus compañeros agonizantes.

La banda no se demoró más. Aunque quedaban varias horas para el amanecer y tendrían que recorrer prácticamente todo el camino a oscuras sin remedio era preferible regresar cuanto antes al claro donde se refugiaron el día anterior. No podían correr el riesgo de cruzarse con cualquier viajero que alertase a las autoridades de su presencia en los alrededores, puesto que la imagen que ofrecerían sería más que sospechosa. Abandonaron el desfiladero al galope para ganar la mayor distancia posible, y cuando se encontraron en terreno abierto redujeron el ritmo de la marcha a un monótono trote que, unido al silencio que los envolvía, provocó que alguno de ellos diera un par de cabezadas sobre su montura. La temperatura descendió algunos grados conforme avanzaba la luna en el cielo, tal vez fuera aquel el único cambio que se produjo durante todo el trayecto. Llegó un punto en que fue imposible reconocer la figura que cabalgaba justo delante de uno mismo o el terreno sobre el que se movían; cuanto los rodeaba se había convertido en una ondulante superficie opaca, un velo de negrura impenetrable. Esto generaba una cierta desconfianza, pero quienquiera que los estuviera guiando parecía conocer a la perfección el camino. Pat se preguntó cómo diablos podía alguien adivinar con los ojos cerrados las zonas pantanosas, inestables o el borde de los precipicios, y concluyó que, simplemente, nadie podía. Volvió a sentir miedo.
Quedaría poco menos de una hora para que despuntara el alba, pero la claridad del día comenzaba a insinuarse a través de las hojas de los árboles. Allá en lo alto ya se apreciaba cierto revuelo, un sutil ir y venir de aves desperezándose; sus sombras difusas se proyectaban contra la desgastada tela de la tienda de Pat, desvistiendo su último sueño. Tenía la sensación de no haber dormido absolutamente nada en toda la noche, aunque hacía tiempo que habían llegado al bosque y se habían retirado en busca de un merecido descanso. Tal vez se debiera a las terribles pesadillas que lo habían acosado, a los recuerdos de aquellos cadáveres desperdigados por el desfiladero que casi le habían provocado un vómito o a la inquietante presencia de aquella mujer junto al mortecino resplandor de la linterna en el centro del campamento. Por enésima vez aquella noche asomó la cabeza a través de la abertura de la tela esperando encontrar la cálida sonrisa de Samuel invitándolo a compartir un desayuno austero, a pesar de que sabía que no sería así.
–¿Por qué no sales de una vez, chico? –lo sobresaltó la voz de Olive, que lo miraba fijamente–. Coge algo de pan y sírvete café, o lo que quieras, pero deja de hacer eso –hizo un gesto con la mano que empuñaba un cuchillo de hoja ancha, refiriéndose a asomarse de la tienda. Pat se encogió instintivamente, creyendo que pensaba arrojárselo–, me estás poniendo nerviosa.
El rostro de Pat se encendió de vergüenza; primero, debido al reproche, después a causa del retintín con que había pronunciado la palabra chico. Podía tolerar que Bill la empleara con ese tono de superioridad pues le llevaba una ventaja de al menos veinte años, pero aquella mujer apenas lo superaba en cinco. Se le ocurrió alguna contestación lo suficientemente ingeniosa como para dejarla sin palabras, y al recordar su relación con los forajidos que dirigían la banda la desechó con rapidez, como si temiera que alguno de ellos hubiera podido leerla en su mente. Como si temiera que ella misma pudiera haberla leído en sus ojos. Desapareció de nuevo en el interior de la tienda, apretando las mandíbulas para mitigar la rabia. Permaneció sentado un momento, escuchando la respiración pausada del muchacho que yacía a su lado, envidiándolo por ser capaz de mantener un estado de relajación semejante después de lo vivido. Palpó el suelo en busca de sus pantalones y su chaqueta y se deslizó dentro de los mismos con dificultad debido al reducido espacio. Una vez que hubo asegurado su revólver en el cinturón saltó fuera de la tienda, recibiendo la bofetada gélida del aire matinal.
Olive no apartó la mirada de él hasta mucho después de que se sentara al otro lado de la linterna, la cual acababa de apagar. Le tendió un maltrecho recipiente de latón cargado de  líquido oscuro y espeso. Él vaciló.
–Cógelo, no tienes nada que temer. ¿Ves? –le mostró ambas manos abiertas–. No soy yo la que va armada.
Ante aquella alusión a su revólver y las circunstancias bajo las que lo portaba Pat estuvo a punto de volver a enrojecer. Por suerte el frío se le había colado hasta los huesos y ni siquiera las burlas de aquella mujer pudieron desterrarlo. Aceptó de mala gana el café y lo bebió de un trago, pensando que indudablemente era el peor que había probado en su vida.
El bosque se tiñó de blanco azulado, neblinoso, y evolucionó en una escala de tonos claros hasta quedar impregnado de ocre. Los pájaros prorrumpieron en cantos por fin, anunciando la llegada del tan ansiado sol. Como si de un reclamo se hubiera tratado, apenas unos segundos después de que la luz bañara el claro Samuel surgió de debajo de aquel improvisado techado de madera que se habían adjudicado Bill y él. Su compañero se dio media vuelta en busca de unos minutos más de sueño.
El hombre de los ojillos de rata mostraba una actitud serena y enérgica a un tiempo, y Pat se alegró de comprobar que su carácter afable no se había extinguido tras la inagotable noche.
–Vaya, ¡qué madrugador! Envidiable juventud… –comentó mientras estiraba los brazos por encima de la cabeza, haciendo crujir su espalda–. ¿Has conseguido conciliar el sueño?
–A ratos –respondió el muchacho, repentinamente animado.
La mujer disimuló una risilla maliciosa. Pat la taladró con la mirada, pero ella ya no le prestaba atención.
–Dios Santo, pequeña comadreja, ¡dale un respiro al muchacho! –la regañó Samuel, los brazos en jarra. Después estalló en una sonora carcajada, y el buen humor de Pat desapareció igual de rápido que había surgido–. Lárgate de una maldita vez, nos habremos ido en menos de dos horas. Intenta dormir un poco hasta entonces.
Se percibió un movimiento bajo otra de las lonas y tan pronto como K. Russel y Wood la hubieron abandonado Olive se esfumó en su interior. Pat hundió el rostro en la taza, ya vacía, para ocultar la turbación que lo había embargado al percatarse de que la escapada de la que había sido testigo durante uno de sus desvelos por parte de la mujer a una de las tiendas no había respondido exactamente a la necesidad de descanso. Maldijo en silencio su falta de dominio.
–…pegar ojo en lo que quedaba de noche pensando en cuántas monedas nos corresponderán a cada uno. Maldita sea, ¡esas bolsas pesaban como muertos!
Una vez que los hombres comenzaron a despertar y unirse al grupo en torno al pequeño fuego que habían encendido la conversación se desarrolló con desconcertante naturalidad. Reían con las bocas llenas de pan empapado en aquel caldo terroso que se empeñaban en llamar café, rememoraban la persecución que habían protagonizado hacía unas horas recreándose en detalles insignificantes que les habían resultado especialmente cómicos, y Pat comprendió que no había otra manera de aliviar el pesar por la muerte de sus compañeros, por sus atroces actos.
–Tienes mala cara, ¿quieres un trago? –ofreció K. Russel.
El joven aceptó la petaca que le tendía con una breve sonrisa de agradecimiento. El whisky le arañó la garganta, produciéndole una agradable sensación cálida en la boca del estómago. Al instante se sintió reconfortado.
–Te acostumbrarás, en serio –le decía aquel tipo de cuerpo descomunal–. Recuerdo la primera vez que disparé a un oficial: Bill tuvo que sujetarme la mano para que no dejase caer la pistola. Me hizo preguntarle su nombre. Ronald Chambers, esposa y una hija. Doce años sirviendo a la justicia, ninguna mancha en su historial. Los que vienen después siempre son el mismo hombre, con distintos rostros. Al final todo se reduce a matar o morir, y si lo ves así no te queda otra opción. Algunos aprietan el gatillo sin más; otros intentamos convencernos de que tenemos motivos para ello –hizo una pausa dramática. Enseguida se recompuso, y a pesar de la seriedad que imprimía a sus palabras se permitió esbozar la sombra de una sonrisa–. No dejes que te metan el miedo en el cuerpo, muchacho. Te aseguro que cuando veas todo el dinero que valen esos cabrones se te pasará.
–Nunca había visto un cadáver –murmuró Pat a modo de excusa.
K. Russel le rodeó los hombros con un brazo. El muchacho se sintió ridículamente pequeño bajo aquel abrazo.
–¡Y apuesto que tampoco habías salido nunca del rancho!
Un delicioso olor a conejo asado les inundó las fosas nasales. Los estómagos rugieron al unísono, quejándose de aquel pobre amago de desayuno con que habían intentado calmarlos. Cuando Bill se unió a ellos los seis hombres se repartieron unos cuantos trozos de carne que habían sobrado de su última cena. La presencia del forajido aplacó la atmósfera distendida que reinaba entre sus compañeros, pues a ninguno le pasó desapercibida la preocupación de sus facciones, lo derrotado de su aspecto. Mientras apuraba su café se apretó el puente de la nariz frunciendo los ojos con fuerza; había necesitado mucho whisky para entrar en un estado remotamente parecido al sueño y ahora le pasaba factura.
Apagaron la hoguera con algunos puñados de tierra húmeda, de esa que se encontraba justo por debajo del lecho de hojas que conformaba el suelo del bosque. Los caballos resoplaron al percibir el humo que se desprendió de las cenizas. Charlie aún se encontraba dentro de su tienda lidiando con los broches de sus zahones, que resbalaban sobre la piel de vaca negándose a encajar en los ojales, pero su agudo oído captó de inmediato el entrechocar de las monedas, consecuencia del traslado de los sacos. La codicia lo empujó al exterior sin miramientos. Mientras se dirigía al grupo y reclamaba un hueco junto a Bill se percató de sus profundas ojeras e intuyó que aquel asunto del nuevo asalto que tenían en mente lo provocaba una insoportable comezón. Comienzas a estar viejo para estas correrías, Bill, pensó para sí.
–¿Cuánto hemos sacado? –se interesó, procurando que sus gestos no delataran su ansia. Extrajo un pellizco de tabaco de un paquete y enrolló un cigarrillo.
–Aproximadamente unos diez mil en efectivo. En los sacos también llevaban algunos lingotes pero sería demasiado arriesgado tratar de venderlos o intercambiarlos, así que los dejaremos aparte –repasó Samuel de memoria–. Relojes, guardapelos, una diadema y joyas para vuestras señoritas –les guiñó un ojo a los más jóvenes–. Todavía hay que confirmar a qué armas corresponde la munición que encontramos para reponer la que se ha gastado.
A medida que enumeraba las fracciones del botín la expresión de Bill varió de la frustración a la determinación. Tal como habían concluido al ver el contenido de la diligencia la recompensa resultaba un tanto escasa en comparación con las millas recorridas, los hombres muertos y el esfuerzo realizado. Apenas unos mil quinientos por cabeza, más quinientos para cada uno de los chicos que se habían unido a ellos por primera vez. El resto que no correspondía al dinero en efectivo no le interesaba en absoluto. Consciente de que era la avaricia la que hablaba por él, dejó que la idea de interceptar otra diligencia fuera asentándose en su mente.
–A Kate le encantará este collar de perlas, ¡vaya que sí! –exclamó Charlie, mostrándoselo al resto de la banda antes de dejarlo caer en el saco donde estaba recopilando su parte del trofeo.
–¿Aún se deja engatusar con joyas, Charlie? –le espetó Samuel, burlón.
–Es una dama, viejo. Todas se dejan engatusar por cualquier objeto brillante, cuanto más vistoso mejor –le respondió el aludido en un tono jovial.
Sus compañeros no pudieron evitar reír ante aquel comentario.
–Lástima que nuestra querida Olive nunca haya sido una dama, ¿verdad? –lo provocó su interlocutor.
En lugar de tomar aquel comentario como una ofensa a su honradez Charlie se sintió henchido de orgullo y no dudó en hacer gala de ello: compuso su sonrisa más pícara y se mesó el pelo con presunción. Sin embargo se cuidó de teñir sus palabras con un sutil deje de advertencia, recordándole a Samuel que aunque no pudiera ver el extremo de cascabel seguía siendo una serpiente.
–Algunos tenemos esa suerte, viejo, y simplemente no hay mujer que se nos pueda resistir. Por eso yo conservo todos mis dedos.
El desafío que finalmente había lanzado con su sentencia pendió del aire unos interminables segundos durante los cuales más de uno tuvo la certeza de que volarían las balas entre ellos. Los altibajos anímicos del grupo socavaban la paciencia de sus miembros, no fue necesario que ninguno de ellos expresara este pensamiento en voz alta para que cayeran en la cuenta. La conversación se desvió hacia temas irrelevantes y el ambiente se relajó, al menos en apariencia.
Terminaron de realizar el reparto de bienes, tarea que les llevó cerca de una hora, y uno a uno se fueron separando de los restos de la hoguera para poner a buen recaudo su porción. Jimmy recibió el dinero con semejante expresión de entusiasmo en la cara que a Charlie le recordó a su hijo en el día de Navidad. ¿Cuántos años tendría aquel muchacho? Veinte, veintiuno a lo sumo, pero seguía siendo sólo un niño jugando a ser un pistolero. Tomó nota mental de aquel hecho para comentarlo con Bill en lo sucesivo. El otro joven, por el contrario, transmitía cierta imagen de madurez que, aunque mal fingida, bastaba para templarle los nervios. Había tenido la intención de invitarlo a unirse a su avanzadilla para participar en el asalto, habiendo rechazado la idea en el último momento para evitar una confrontación con su jefe. Después de tanto tiempo seguía costándole aceptar algunas de las manías de Bill, como aquella de someter a los novatos a una prueba que consistía en supervisar sus pertenencias mientras los demás perpetraban el delito, dejando que contemplaran la masacre desde una distancia prudencial. La única modificación que Charlie había logrado introducir en su absurdo plan había sido enviarlos luego con Samuel a rematar a las víctimas. Los que superaban aquel trance, sádico hasta límites insospechados, se consideraban serios candidatos a miembros rasos de la banda; los que no podían soportar la presión eran enviados de vuelta a las faldas de sus madres. O eso era lo que se les hacía creer. Charlie se sorprendió pensando que le dolería tener que deshacerse del joven de la levita, Pat Buxter, o Baxter, y que sin embargo se moría de ganas por pegarle una patada en el trasero al tal Jimmy. Se encogió dentro de su chaqueta ocultando tras el cuello de la misma una cruel sonrisa de placer.
Pat y Jimmy mientras tanto, ajenos a que ocupaban sus pensamientos, habían recibido orden de recoger las tiendas cuando la distribución del botín tocara a su fin y ya se dirigían a llevar a cabo su tarea cuando Bill se interpuso en su trayectoria. Los jóvenes casi chocaron contra él.
–Volved con los demás. El plan ha cambiado ligeramente, tardaréis aún algunos días en regresar al rancho –les dijo. Había recobrado su aspecto imponente e incluso sus facciones se habían suavizado, haciendo desaparecer las arrugas de preocupación que marcaban su rostro al despertar.
Sin dedicarles ni un ápice más de atención prosiguió su camino hacia la lona bajo la cual había desaparecido la mujer que los acompañaba al amanecer. Procurando que la parte trasera de su levita no rozase el suelo, se inclinó hacia la delgada línea que señalaba el lugar donde se encontraba la salida de la tienda. Intercambió unas breves palabras con Olive, lanzó un vistazo por encima de su hombro hacia el resto de la banda y asintió. Cuando regresó al círculo que formaban sus hombres alrededor de las cenizas del fuego parecía disgustado.
–Bien, supongo que no soy el único que ha quedado decepcionado tras el reparto del dinero, ¿me equivoco? –realizó una pausa hasta que se extinguieron las negaciones–. Me atribuyo la culpa, os lo aseguro: sabía que esos malditos oficiales acabarían desarrollando cierta inteligencia tarde o temprano, cometí el error de no calcular cuándo ocurriría exactamente –risas sordas–. Pero os lo compensaré. Antes de que el sol complete un ciclo estaré camino de vuelta con información sobre alguna caravana imprudente que pase cerca de aquí. Será un trabajo limpio, sin agentes de la ley ni armas enemigas, en la medida que me sea posible. Cogeremos el dinero y nos largaremos. No sacaremos mucho más, sólo lo suficiente para deshacernos de esta sensación de haber sido objeto de burla por parte de quienes organizaron esa última diligencia. Espero que no haya objeciones.
La entonación que empleó en aquella última frase no variaba mucho de la del discurso general, pero no admitía réplica. Sus ojos pasaron de uno a otro, dos dardos envenenados listos para ser descargados sobre cualquiera que se interpusiera entre su objetivo y él. Se dio una palmada en la pierna zanjando el tema y adquirió una actitud mucho más afable.
–Todos de acuerdo entonces –concluyó–. Que alguien ensille mi montura. Charlie, vienes conmigo. Pasad un buen día, muchachos.