Quedaría poco menos de una hora para que despuntara el alba,
pero la claridad del día comenzaba a insinuarse a través de las hojas de los
árboles. Allá en lo alto ya se apreciaba cierto revuelo, un sutil ir y venir de
aves desperezándose; sus sombras difusas se proyectaban contra la desgastada
tela de la tienda de Pat, desvistiendo su último sueño. Tenía la sensación de
no haber dormido absolutamente nada en toda la noche, aunque hacía tiempo que
habían llegado al bosque y se habían retirado en busca de un merecido descanso.
Tal vez se debiera a las terribles pesadillas que lo habían acosado, a los
recuerdos de aquellos cadáveres desperdigados por el desfiladero que casi le
habían provocado un vómito o a la inquietante presencia de aquella mujer junto
al mortecino resplandor de la linterna en el centro del campamento. Por enésima
vez aquella noche asomó la cabeza a través de la abertura de la tela esperando
encontrar la cálida sonrisa de Samuel invitándolo a compartir un desayuno
austero, a pesar de que sabía que no sería así.
–¿Por qué no sales de una vez, chico? –lo sobresaltó la voz de
Olive, que lo miraba fijamente–. Coge algo de pan y sírvete café, o lo que
quieras, pero deja de hacer eso –hizo un gesto con la mano que empuñaba un
cuchillo de hoja ancha, refiriéndose a asomarse de la tienda. Pat se encogió
instintivamente, creyendo que pensaba arrojárselo–, me estás poniendo nerviosa.
El rostro de Pat se encendió de vergüenza; primero, debido al
reproche, después a causa del retintín con que había pronunciado la palabra chico. Podía tolerar que Bill la
empleara con ese tono de superioridad pues le llevaba una ventaja de al menos
veinte años, pero aquella mujer apenas lo superaba en cinco. Se le ocurrió
alguna contestación lo suficientemente ingeniosa como para dejarla sin
palabras, y al recordar su relación con los forajidos que dirigían la banda la
desechó con rapidez, como si temiera que alguno de ellos hubiera podido leerla
en su mente. Como si temiera que ella misma pudiera haberla leído en sus ojos. Desapareció
de nuevo en el interior de la tienda, apretando las mandíbulas para mitigar la
rabia. Permaneció sentado un momento, escuchando la respiración pausada del
muchacho que yacía a su lado, envidiándolo por ser capaz de mantener un estado
de relajación semejante después de lo vivido. Palpó el suelo en busca de sus
pantalones y su chaqueta y se deslizó dentro de los mismos con dificultad
debido al reducido espacio. Una vez que hubo asegurado su revólver en el
cinturón saltó fuera de la tienda, recibiendo la bofetada gélida del aire
matinal.
Olive no apartó la mirada de él hasta mucho después de que se
sentara al otro lado de la linterna, la cual acababa de apagar. Le tendió un
maltrecho recipiente de latón cargado de
líquido oscuro y espeso. Él vaciló.
–Cógelo, no tienes nada que temer. ¿Ves? –le mostró ambas manos
abiertas–. No soy yo la que va armada.
Ante aquella alusión a su revólver y las circunstancias bajo las
que lo portaba Pat estuvo a punto de volver a enrojecer. Por suerte el frío se
le había colado hasta los huesos y ni siquiera las burlas de aquella mujer
pudieron desterrarlo. Aceptó de mala gana el café y lo bebió de un trago,
pensando que indudablemente era el peor que había probado en su vida.
El bosque se tiñó de blanco azulado, neblinoso, y evolucionó en
una escala de tonos claros hasta quedar impregnado de ocre. Los pájaros
prorrumpieron en cantos por fin, anunciando la llegada del tan ansiado sol.
Como si de un reclamo se hubiera tratado, apenas unos segundos después de que
la luz bañara el claro Samuel surgió de debajo de aquel improvisado techado de
madera que se habían adjudicado Bill y él. Su compañero se dio media vuelta en
busca de unos minutos más de sueño.
El hombre de los ojillos de rata mostraba una actitud serena y
enérgica a un tiempo, y Pat se alegró de comprobar que su carácter afable no se
había extinguido tras la inagotable noche.
–Vaya, ¡qué madrugador! Envidiable juventud… –comentó mientras
estiraba los brazos por encima de la cabeza, haciendo crujir su espalda–. ¿Has conseguido
conciliar el sueño?
–A ratos –respondió el muchacho, repentinamente animado.
La mujer disimuló una risilla maliciosa. Pat la taladró con la
mirada, pero ella ya no le prestaba atención.
–Dios Santo, pequeña comadreja, ¡dale un respiro al muchacho!
–la regañó Samuel, los brazos en jarra. Después estalló en una sonora
carcajada, y el buen humor de Pat desapareció igual de rápido que había surgido–.
Lárgate de una maldita vez, nos habremos ido en menos de dos horas. Intenta
dormir un poco hasta entonces.
Se percibió un movimiento bajo otra de las lonas y tan pronto
como K. Russel y Wood la hubieron abandonado Olive se esfumó en su interior.
Pat hundió el rostro en la taza, ya vacía, para ocultar la turbación que lo
había embargado al percatarse de que la escapada de la que había sido testigo
durante uno de sus desvelos por parte de la mujer a una de las tiendas no había
respondido exactamente a la necesidad de descanso. Maldijo en silencio su falta
de dominio.
–…pegar ojo en lo que quedaba de noche pensando en cuántas
monedas nos corresponderán a cada uno. Maldita sea, ¡esas bolsas pesaban como
muertos!
Una vez que los hombres comenzaron a despertar y unirse al grupo
en torno al pequeño fuego que habían encendido la conversación se desarrolló
con desconcertante naturalidad. Reían con las bocas llenas de pan empapado en
aquel caldo terroso que se empeñaban en llamar café, rememoraban la persecución
que habían protagonizado hacía unas horas recreándose en detalles
insignificantes que les habían resultado especialmente cómicos, y Pat
comprendió que no había otra manera de aliviar el pesar por la muerte de sus
compañeros, por sus atroces actos.
–Tienes mala cara, ¿quieres un trago? –ofreció K. Russel.
El joven aceptó la petaca que le tendía con una breve sonrisa de
agradecimiento. El whisky le arañó la garganta, produciéndole una agradable
sensación cálida en la boca del estómago. Al instante se sintió reconfortado.
–Te acostumbrarás, en serio –le decía aquel tipo de cuerpo
descomunal–. Recuerdo la primera vez que disparé a un oficial: Bill tuvo que
sujetarme la mano para que no dejase caer la pistola. Me hizo preguntarle su
nombre. Ronald Chambers, esposa y una hija. Doce años sirviendo a la justicia,
ninguna mancha en su historial. Los que vienen después siempre son el mismo
hombre, con distintos rostros. Al final todo se reduce a matar o morir, y si lo
ves así no te queda otra opción. Algunos aprietan el gatillo sin más; otros
intentamos convencernos de que tenemos motivos para ello –hizo una pausa
dramática. Enseguida se recompuso, y a pesar de la seriedad que imprimía a sus
palabras se permitió esbozar la sombra de una sonrisa–. No dejes que te metan
el miedo en el cuerpo, muchacho. Te aseguro que cuando veas todo el dinero que
valen esos cabrones se te pasará.
–Nunca había visto un cadáver –murmuró Pat a modo de excusa.
K. Russel le rodeó los hombros con un brazo. El muchacho se
sintió ridículamente pequeño bajo aquel abrazo.
–¡Y apuesto que tampoco habías salido nunca del rancho!
Un delicioso olor a conejo asado les inundó las fosas nasales.
Los estómagos rugieron al unísono, quejándose de aquel pobre amago de desayuno
con que habían intentado calmarlos. Cuando Bill se unió a ellos los seis
hombres se repartieron unos cuantos trozos de carne que habían sobrado de su
última cena. La presencia del forajido aplacó la atmósfera distendida que
reinaba entre sus compañeros, pues a ninguno le pasó desapercibida la
preocupación de sus facciones, lo derrotado de su aspecto. Mientras apuraba su
café se apretó el puente de la nariz frunciendo los ojos con fuerza; había
necesitado mucho whisky para entrar en un estado remotamente parecido al sueño
y ahora le pasaba factura.
Apagaron la hoguera con algunos puñados de tierra húmeda, de esa
que se encontraba justo por debajo del lecho de hojas que conformaba el suelo
del bosque. Los caballos resoplaron al percibir el humo que se desprendió de
las cenizas. Charlie aún se encontraba dentro de su tienda lidiando con los
broches de sus zahones, que resbalaban sobre la piel de vaca negándose a
encajar en los ojales, pero su agudo oído captó de inmediato el entrechocar de
las monedas, consecuencia del traslado de los sacos. La codicia lo empujó al
exterior sin miramientos. Mientras se dirigía al grupo y reclamaba un hueco
junto a Bill se percató de sus profundas ojeras e intuyó que aquel asunto del
nuevo asalto que tenían en mente lo provocaba una insoportable comezón. Comienzas a estar viejo para estas
correrías, Bill, pensó para sí.
–¿Cuánto hemos sacado? –se interesó, procurando que sus gestos
no delataran su ansia. Extrajo un pellizco de tabaco de un paquete y enrolló un
cigarrillo.
–Aproximadamente unos diez mil en efectivo. En los sacos también
llevaban algunos lingotes pero sería demasiado arriesgado tratar de venderlos o
intercambiarlos, así que los dejaremos aparte –repasó Samuel de memoria–.
Relojes, guardapelos, una diadema y joyas para vuestras señoritas –les guiñó un
ojo a los más jóvenes–. Todavía hay que confirmar a qué armas corresponde la
munición que encontramos para reponer la que se ha gastado.
A medida que enumeraba las fracciones del botín la expresión de
Bill varió de la frustración a la determinación. Tal como habían concluido al
ver el contenido de la diligencia la recompensa resultaba un tanto escasa en
comparación con las millas recorridas, los hombres muertos y el esfuerzo
realizado. Apenas unos mil quinientos por cabeza, más quinientos para cada uno
de los chicos que se habían unido a ellos por primera vez. El resto que no
correspondía al dinero en efectivo no le interesaba en absoluto. Consciente de
que era la avaricia la que hablaba por él, dejó que la idea de interceptar otra
diligencia fuera asentándose en su mente.
–A Kate le encantará este collar de perlas, ¡vaya que sí!
–exclamó Charlie, mostrándoselo al resto de la banda antes de dejarlo caer en
el saco donde estaba recopilando su parte del trofeo.
–¿Aún se deja engatusar con joyas, Charlie? –le espetó Samuel,
burlón.
–Es una dama, viejo. Todas se dejan engatusar por cualquier
objeto brillante, cuanto más vistoso mejor –le respondió el aludido en un tono
jovial.
Sus compañeros no pudieron evitar reír ante aquel comentario.
–Lástima que nuestra querida Olive nunca haya sido una dama,
¿verdad? –lo provocó su interlocutor.
En lugar de tomar aquel comentario como una ofensa a su honradez
Charlie se sintió henchido de orgullo y no dudó en hacer gala de ello: compuso
su sonrisa más pícara y se mesó el pelo con presunción. Sin embargo se cuidó de
teñir sus palabras con un sutil deje de advertencia, recordándole a Samuel que
aunque no pudiera ver el extremo de cascabel seguía siendo una serpiente.
–Algunos tenemos esa suerte, viejo, y simplemente no hay mujer
que se nos pueda resistir. Por eso yo conservo todos mis dedos.
El desafío que finalmente había lanzado con su sentencia pendió
del aire unos interminables segundos durante los cuales más de uno tuvo la
certeza de que volarían las balas entre ellos. Los altibajos anímicos del grupo
socavaban la paciencia de sus miembros, no fue necesario que ninguno de ellos
expresara este pensamiento en voz alta para que cayeran en la cuenta. La
conversación se desvió hacia temas irrelevantes y el ambiente se relajó, al
menos en apariencia.
Terminaron de realizar el reparto de bienes, tarea que les llevó
cerca de una hora, y uno a uno se fueron separando de los restos de la hoguera
para poner a buen recaudo su porción. Jimmy recibió el dinero con semejante
expresión de entusiasmo en la cara que a Charlie le recordó a su hijo en el día
de Navidad. ¿Cuántos años tendría aquel muchacho? Veinte, veintiuno a lo sumo,
pero seguía siendo sólo un niño jugando a ser un pistolero. Tomó nota mental de
aquel hecho para comentarlo con Bill en lo sucesivo. El otro joven, por el
contrario, transmitía cierta imagen de madurez que, aunque mal fingida, bastaba
para templarle los nervios. Había tenido la intención de invitarlo a unirse a
su avanzadilla para participar en el asalto, habiendo rechazado la idea en el
último momento para evitar una confrontación con su jefe. Después de tanto
tiempo seguía costándole aceptar algunas de las manías de Bill, como aquella de
someter a los novatos a una prueba que consistía en supervisar sus pertenencias
mientras los demás perpetraban el delito, dejando que contemplaran la masacre
desde una distancia prudencial. La única modificación que Charlie había logrado
introducir en su absurdo plan había sido enviarlos luego con Samuel a rematar a
las víctimas. Los que superaban aquel trance, sádico hasta límites insospechados, se consideraban serios candidatos a
miembros rasos de la banda; los que no podían soportar la presión eran enviados
de vuelta a las faldas de sus madres. O eso era lo que se les hacía creer.
Charlie se sorprendió pensando que le dolería tener que deshacerse del joven de
la levita, Pat Buxter, o Baxter, y que sin embargo se moría de ganas por
pegarle una patada en el trasero al tal Jimmy. Se encogió dentro de su chaqueta
ocultando tras el cuello de la misma una cruel sonrisa de placer.
Pat y Jimmy mientras tanto, ajenos a que ocupaban sus pensamientos,
habían recibido orden de recoger las tiendas cuando la distribución del botín
tocara a su fin y ya se dirigían a llevar a cabo su tarea cuando Bill se
interpuso en su trayectoria. Los jóvenes casi chocaron contra él.
–Volved con los demás. El plan ha cambiado ligeramente,
tardaréis aún algunos días en regresar al rancho –les dijo. Había recobrado su
aspecto imponente e incluso sus facciones se habían suavizado, haciendo
desaparecer las arrugas de preocupación que marcaban su rostro al despertar.
Sin dedicarles ni un ápice más de atención prosiguió su camino
hacia la lona bajo la cual había desaparecido la mujer que los acompañaba al
amanecer. Procurando que la parte trasera de su levita no rozase el suelo, se
inclinó hacia la delgada línea que señalaba el lugar donde se encontraba la
salida de la tienda. Intercambió unas breves palabras con Olive, lanzó un
vistazo por encima de su hombro hacia el resto de la banda y asintió. Cuando
regresó al círculo que formaban sus hombres alrededor de las cenizas del fuego
parecía disgustado.
–Bien, supongo que no soy el único que ha quedado decepcionado
tras el reparto del dinero, ¿me equivoco? –realizó una pausa hasta que se
extinguieron las negaciones–. Me atribuyo la culpa, os lo aseguro: sabía que
esos malditos oficiales acabarían desarrollando cierta inteligencia tarde o
temprano, cometí el error de no calcular cuándo ocurriría exactamente –risas
sordas–. Pero os lo compensaré. Antes de que el sol complete un ciclo estaré
camino de vuelta con información sobre alguna caravana imprudente que pase
cerca de aquí. Será un trabajo limpio, sin agentes de la ley ni armas enemigas,
en la medida que me sea posible. Cogeremos el dinero y nos largaremos. No
sacaremos mucho más, sólo lo suficiente para deshacernos de esta sensación de
haber sido objeto de burla por parte de quienes organizaron esa última
diligencia. Espero que no haya objeciones.
La entonación que empleó en aquella última frase no variaba
mucho de la del discurso general, pero no admitía réplica. Sus ojos pasaron de
uno a otro, dos dardos envenenados listos para ser descargados sobre cualquiera
que se interpusiera entre su objetivo y él. Se dio una palmada en la pierna
zanjando el tema y adquirió una actitud mucho más afable.
–Todos de acuerdo entonces –concluyó–. Que alguien ensille mi
montura. Charlie, vienes conmigo. Pasad un buen día, muchachos.