Acuclillado al borde del abismo Charlie entrecerró los ojos para
amortiguar la insoportable intensidad del sol a última hora de la tarde y
comprobó la visibilidad que aquel lugar ofrecía. Si la diligencia no variaba el
rumbo establecido pasaría lo bastante cerca como para que el rifle de Olive
pudiera alcanzar a sus ocupantes, sin lugar a dudas. Siguió con la mirada el
sendero que corría a los pies de la montaña. Al borde del mismo, parapetados
tras un recodo de las rocas, Samuel y algunos de los muchachos revisaban sus
armas. Hacia el oeste, a un par de millas, se distinguía ya la ligera nube de
polvo que levantaban las ruedas de la diligencia en su desesperada carrera por
alcanzar el pueblo más próximo antes de que fuera noche cerrada.
–Llegan antes de lo previsto –se dijo en voz alta.
–Démonos prisa entonces, o esos chiquillos se las tendrán que
ver solos con los oficiales –respondió Bill, dándole la última calada a un
cigarrillo. Lo dejó caer con indiferencia y lo aplastó con el pie hasta que se
deshizo en unas cuantas hebras de tabaco.
A sus oídos llegó el eco del traqueteo de la diligencia,
indicándoles que acababa de penetrar en aquella especie de desfiladero que
habían elegido para tender la emboscada. Debían escoltarla seis jinetes al
menos, aunque resultaba difícil de
precisar. El forajido repasó de memoria los hombres que habían reclutado, más
por costumbre que porque temiese que los superasen en número. Tras asegurarse
de que todo estaba en orden tanto en la cima como al pie del cerro clavó los
talones en los flancos de su montura y siguió a Charlie.
–Tened cuidado –los despidió Olive.
Había terminado de cargar su rifle y ajustarse el cinto de
munición cruzándole el pecho, y mientras los dos hombres precedían el descenso
del resto del grupo se apostó junto al precipicio para estudiar el ángulo de
disparo óptimo. Para cuando hubo finalizado de poner a punto los últimos
detalles sus compañeros ya habían alcanzado su destino. Charlie tomó el relevo
de Samuel donde el camino trazaba una suave curva, pero Bill había continuado
avanzando con otro hombre hacia el final del mismo. Los dos grupos
diferenciados que conformaban la banda escogieron con meticulosidad sus
escondites, aprovechando las sombras que proyectaban las faldas de las montañas
para camuflar las suyas propias. Los oficiales que acompañaban la diligencia no
repararían en ellos hasta que fuera demasiado tarde.
El sol continuaba su vertiginoso descenso sin mostrar un ápice
de compasión por los que aún permanecían en los caminos con la noche pisándoles
los talones. El astillado restallar de las ruedas contra el suelo seco y el
chacoloteo de los caballos alcanzaron un volumen estruendoso. Charlie levantó
una mano para reclamar la atención de su avanzadilla y se cubrió la parte
inferior del rostro con el pañuelo que llevaba anudado al cuello. Sus seis
hombres lo imitaron inmediatamente. La tensión se percibía en el silencio que
los gobernaba, en sus espaldas rectas y sus dedos crispados sobre los gatillos,
en el hedor a muerte que comenzaba a levantarse a medida que las sombras de la
comitiva iban evolucionando sobre el camino. Incluso los caballos se removían
en sus sitios, nerviosos.
Resultaría imposible determinar a quién pertenecía el disparo
que abrió el tiroteo. Una vez que el jinete que encabezaba la comitiva pasó
como un rayo frente a ellos, sin reparar milagrosamente en su presencia, los
bandidos se prepararon para espolear a sus monturas. El carro de monstruoso tamaño cruzó a
continuación, seguido de otros cuatro hombres armados. Charlie no dudó: su
caballo surgió entre la vegetación de repente, como si acabase de brotar de la
propia tierra, y emprendió un galope desaforado en pos de su objetivo. Los
oficiales que cerraban la marcha no necesitaron mirar a sus espaldas para
certificar lo comprometido de su situación. Desenfundaron sus revólveres sin
más y dieron la voz de alarma. El forajido lanzó un aullido salvaje de éxtasis.
Las balas volaron en todas direcciones, imprecisas, descontroladas. El tipo
pelirrojo que había compartido su cena con él se puso a la cabeza del grupo,
amartillando el revólver con presteza. Su último disparo arrancó una chispa a
la diligencia tras impactar con la parte de metal trasera. Trató de advertirle
que se centrara en derribar a los oficiales, pero antes de lograr hacerse oír
por encima del escándalo su compañero se desplomó con un orificio abierto en el
pecho.
Charlie retuvo su caballo ligeramente, buscando una posición más
segura al resguardarse entre sus cinco hombres restantes. Además, habían
galopado a tal velocidad que era imposible mantener el control de la dirección
de sus disparos. Mientras veía de reojo caer a otro de ellos apreció un
aguijonazo de dolor en el brazo con el que conducía su caballo. Apretó los
dientes, alzó el revólver y dedicó unos segundos a apuntar al jinete que se
encontraba más cerca. Comprobó entonces que la comitiva modificaba su
estrategia: el hombre que conducía la diligencia fustigó a los caballos en
cumplimiento del código establecido en caso de que se produjera un intento de
asalto, y poco a poco fue distanciándose de los oficiales rezagados. El
forajido sonrió.
Desde donde se ocultaba Bill no era posible ser testigo de la
acción, así que mantenía la mirada clavada en la cima del cerro a la espera de
que Olive realizara la señal convenida. Acarició la culata del rifle para
confirmar que seguía descansando sobre su antebrazo. Ante él K. Russel
intercambiaba impresiones en susurros con Samuel para aliviar la angustia de la
expectación. La incertidumbre eran piedras en el corazón.
El estrépito de un disparo grave hendió el aire del anochecer,
una, dos veces, recibiendo como respuesta un grito exánime y un chasquido
metálico. Bill supo que era el momento de ponerse en marcha. Hizo que su montura
se deslizara entre las de quienes tenía delante, invitándolas a seguirlo. Los
tres hombres se desplegaron en una línea irregular de forma que abarcaban todo
el ancho del sendero. El oficial que aún iba a la cabeza parecía más preocupado
por lo que sucedía al final de la comitiva que por cualquier amenaza que
pudiera surgir a continuación. El cochero vociferó algo ininteligible, una
advertencia con toda seguridad, pues el jinete se volvió para averiguar qué
trataba de señalarle. No resultaba difícil leer el miedo en su joven rostro a
pesar de la creciente oscuridad. A apenas unos metros de sus ojos se dibujó la
tenebrosa boca del rifle de Bill, que escupió una bala dirigida a su pecho sin
que pudiera hacer nada para esquivarla. Samuel hizo un gesto hacia los animales
que tiraban de la diligencia y abrió fuego contra ellos. El carro se
desestabilizó debido a la inercia mientras los caballos perdían pie, y al cabo
de unos instantes se desplomó sobre un costado, aplastando al conductor bajo su
peso. Los hombres tuvieron que apartarse ligeramente para evitar que los
arrollara, pues aún patinó por el camino algunos metros arrastrando consigo al
único caballo que había sobrevivido a las balas.
–No os acerquéis, aún no sabemos cuántos más venían con estos
–ordenó Bill con expresión severa.
Los disparos todavía se sobreponían a los relinchos agónicos de
los caballos heridos y los cascos de los que aún no habían caído. Según sus
cálculos no podían encontrarse muy lejos ya. En efecto, antes de que el último
recodo del camino apreciable desde su situación se cubriera de densa oscuridad
se hicieron visibles tres siluetas a galope tendido. Bill recargó el rifle.
Cuando estuvo seguro de que una de ellas correspondía a un oficial, gracias a
que éste abrió fuego contra sus perseguidores, se dispuso a apretar el gatillo,
pero alguno de sus hombres lo abatió antes. El cuerpo quedó tendido inerte
sobre la cerviz de su montura, la cual pasó junto a Samuel y desapareció en la
noche. Charlie lanzó una exclamación de triunfo.
–Vamos, ¿a qué esperáis? Me muero de ganas por ver qué nos han
traído esta vez esos cabrones –comentó al reunirse con los demás, sin ocultar
su impaciencia.
Bajó de su caballo de un salto, rebosando adrenalina por cada
poro de su piel, y rodeó la diligencia volcada con ojo crítico. La oscuridad
comenzaba a volverse impenetrable, así que tendrían que aguardar a disponer de
alguna fuente de luz para hacerse con el merecido botín.
–¿Los has perdido a todos? –preguntó Bill, refiriéndose a los
hombres que había enviado con él.
Charlie miró alrededor con fingida sorpresa como si hasta aquel
momento no se hubiera percatado de que no había nadie a su lado, denotando la
profunda indiferencia que aquellos tipos le causaban. Reparó en el jinete que
lo había acompañado en el último tramo del camino y lo señaló con un movimiento
desganado:
–No a todos, ahí tienes a Wood. Quizás deberíamos al menos haber
enseñado a disparar al resto antes de sacarlos a jugar a pistoleros.
Un profundo silencio se adueñó de los presentes, producto de la
impresión que aquellas palabras les infundieron. Destilaban un desprecio
inhumano hacia los que acababan de perder la vida por la causa común, y a pesar
de la reputación de hombre despiadado y poco cuerdo que lo precedía no podían
dejar de resultar escalofriantes.
El único que permanecía ajeno a la tensa situación que se había
creado era Samuel, el cual observaba con los ojos fruncidos algún punto del
camino. Se distinguían ciertos movimientos sobre la ladera de la montaña,
aunque era imposible determinar a qué se debían. El viento que se colaba en el
desfiladero tampoco arrastraba ningún ruido u olor preocupantes. Aquella calma
le preocupaba sobremanera. Como justo
antes de la tormenta, pensó. De pronto sus oídos captaron un eco conocido,
una pareja de notas agudas silbadas que ascendía y después decaía sutilmente.
Respondió al instante, utilizando ambas manos para amplificar el sonido. Cerca
de donde se había ocultado con Bill antes de perpetrar el asalto nació una mota
anaranjada que creció y se multiplicó conforme se reducía la distancia que los
separaba. Aquel pequeño enjambre de luciérnagas se transformó finalmente en la
titilante imagen del rostro de Olive y de los dos jóvenes que habían quedado al
cargo de las pertenencias de la banda. Pat y Jimmy trataban de ocultar la
excitación que los embargaba, y sus mejillas se habían tornado de un rosa vivo
que relucía en la penumbra casi tanto como el brillo de admiración de sus
miradas.
–¿Y bien? –inquirió la mujer, señalando con la barbilla la diligencia.
–Aún no lo sabemos, hermanita –le respondió rápidamente Charlie–.
Estábamos esperando a reunirnos todos para reventar la caja.
–¿Comprobaste que eran los únicos? –los interrumpió Bill.
Ella asintió, sin pasar por alto el tinte de inquietud que empañaba
la voz del forajido.
–¡Traed esas linternas de una vez, maldita sea!
Dispusieron las lamparillas de aceite formando una especie de
arco frente a la puerta del carro, las pálidas llamas arrojando una cuidada
distribución de reflejos y sombras sobre el mismo. La banda rodeó la
diligencia. Las respiraciones agitadas, el sudor aún fresco sobre la piel, la
ambición y la codicia palpitando en sus pechos hacían pensar en una manada de
lobos hambrientos. K. Russel sacó su cuchillo de la bota, un arma tosca pero
extremadamente recia a la que pocas cerraduras se le resistían. En su inmensa
mano de dedos rollizos se movía con sorprendente soltura, escarbando con
obstinación en las profundidades del cerrojo y arrancándole chirridos
quejumbrosos. Súbitamente el hombre se detuvo. Lanzó una maldición.
–¿Habéis oído? –preguntó sin disimular su desconfianza.
Hasta los caballos parecieron contener el aliento. Los miembros
del grupo intercambiaron miradas interrogantes. Al cabo de unos segundos se
repitió aquel sonido, una especie de gemido que nacía de las entrañas del
vehículo. Los dos muchachos más jóvenes dejaron escapar una risita nerviosa de
incredulidad.
–¿Qué diantres es eso? –se atrevió a mascullar Pat.
Bill se abrió paso en dirección a K. Russel, haciendo retroceder
al grupo. Se agachó a su lado; su rostro reflejaba una intensa concentración.
Jugueteaba con el martillo de su revólver mientras evaluaba la situación.
Escuchó cómo algunos de los que se encontraban tras él cargaban sus armas.
–Termina con eso y aléjate –ordenó al fin.
K. Russel no rechistó. Sus gestos se habían vuelto dubitativos,
se le había erizado el pelo de la nuca a causa del recelo, pero no se atrevió a
desafiar el dictamen de su jefe. La hoja de su cuchillo hurgó un poco más en la
cerradura. Clic. El hombre retiró con
parsimonia la barra metálica que mantenía afianzada la puerta de la diligencia,
sin apartar los ojos de Bill. Cuando éste se lo indicó, terminó de extraerla de
su carril y se echó hacia atrás lo más rápido que pudo. Cuatro pistolas
apuntaron simultáneamente hacia la abertura.
Una mezcla de rechinamientos y tintineos metálicos se hizo eco
en el desfiladero, culminando en un golpe seco de la puerta contra el suelo.
Desde el interior rodaron algunos sacos cerrados, unas cajas envueltas en papel
y un bulto informe que al principio nadie pudo identificar. Sin embargo el
precario equilibrio al que estaba sometido el contenido de la diligencia lo
hizo terminar de deslizarse hasta el suelo. Un brazo se desenrolló acompañado
de un gemido, revelando su naturaleza. Charlie no perdió un segundo: se
abalanzó sobre el cuerpo semiinconsciente del oficial y tiró de él hasta que
quedó fuera del compartimento por completo. Se deshizo del arma que sostenía y
lo sujetó de forma que sus rostros quedaran casi a la misma altura. Su
mandíbula colgaba ligeramente.
–Eh, amigo, ¿qué diablos pasa contigo? –gruñó el forajido,
esbozando una sonrisa retorcida.
El oficial emitió un sonido inarticulado. Sus ojos vagaban de un
lado a otro, incapaces de centrarse en un punto fijo, pero poco a poco
comenzaron a recobrar la normalidad. Charlie sumergió los dedos en su espesa
cabellera y los cerró con fuerza, desplazándole la cabeza hacia delante para
que la parte posterior quedase expuesta. Allí el pelo se mostraba apelmazado
bajo un cuajarón de sangre fresca, resultado sin duda del vuelco de la
diligencia. El oficial opuso cierta resistencia y la mano que lo mantenía
erguido lo dejó caer para desenfundar el revólver rápidamente, en un movimiento
que bien podría compararse con la reacción de quien descubre de repente una
serpiente dispuesta a saltarle al cuello. Al terminar de espabilarse el hombre
se encontró indefenso frente al cañón del arma de Charlie. Se echó a temblar.
–Por… favor… –balbució.
–¿Qué hacemos con él? –preguntó K. Russel a su jefe. Charlie
clavó en él sus ojos y después los dejó deambular hasta Bill.
–No ha sido una amenaza para nosotros en realidad, pero lo será
si dejamos que se vaya –sentenció éste con voz neutra.
–¡Juro que no diré nada! –los interrumpió el oficial,
conmocionado, aferrándose al robillo de Charlie con profunda desesperación–.
Cogeré un caballo y desapareceré del estado, lo prometo.
–Sí, sí, ya nos conocemos esa historia. Ocúpate de él, Charlie.
Samuel, tú y los dos chicos id a comprobar si queda alguien a quien podamos
salvar ahí detrás, o algún caballo que pueda sernos útil. Los demás empezad a
cargar el botín.
El grupo se puso en marcha tan pronto como Bill terminó de
hablar. Después de que una bala silenciara las súplicas del oficial herido el
desfiladero volvió a quedar sumido en su calma habitual. El ambiente estaba
cargado del ácido olor de la sangre fresca, de la pólvora y el miedo, del sudor
de los hombres y los animales. Bajo la trémula luz de la única linterna que
había quedado junto a la diligencia comenzaron el saqueo. Separaron los sacos
del resto de paquetes y los ataron bajo los faldones de la silla del rocín que
transportaba sus pertenencias. Bill y Charlie se dedicaron a estudiar el
interior de las cajas pequeñas, guardando en sus chaquetas aquellas que
contenían munición y desechando las que no eran más que fardos de
correspondencia. Las muecas de decepción surgieron enseguida. La recompensa no
era tan cuantiosa como habían esperado, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad
de efectivos que habían perdido.
–Puede que dividiesen la mercancía para asegurarse de que al
menos una parte llegaba a su destino –especuló Bill en un susurro–. En ese caso
la otra diligencia no debería andar muy lejos…
–¿Sugieres que vayamos a por ella? –infirió su compañero.
–Sería un suicidio, apenas sí somos ocho personas y dudo que
esos dos chicos hayan apretado jamás un gatillo. Lo más conveniente será reunir
algunos hombres más y tratar de interceptar alguna caravana al azar antes de
disolvernos.
–Es un tanto precipitado, ¿no? –terció Olive, apareciendo
repentinamente junto a ellos. Sin esperar una respuesta o invitación se hizo
con algunos cartuchos y los introdujo en las rendijas de su cinto. Apartó un
puñado de joyas, cogió unos saquitos de tela que se encontraban debajo y los
olisqueó antes de hacerlos desaparecer en el interior de su bolsillo–. Los
caballos están agotados, ese tipo apenas puede articular palabra a causa del
terror y a ti te han disparado –añadió, dirigiéndose a Charlie–. ¿No sería más
sensato descansar un par de días?
Los dos hombres meditaron acerca de sus palabras, pero antes de
que emitieran un juicio ella ya se había marchado de su lado para recibir al
grupo que había ido en busca de supervivientes. Los dos muchachos más jóvenes
habían mudado sus expresiones de entusiasmo, impactados por el escenario sobre
el que se habían visto obligados a desfilar. En sus facciones, ahora pálidas en
extremo, se leían los esbozos de la masacre que acababan de presenciar y sus
manos temblorosas apenas conservaban fuerzas para sujetar las linternas. La
culata de sus revólveres asomaban por encima del cinturón y Olive se preguntó
si habrían sido capaces de poner fin a la vida de alguno de sus compañeros
agonizantes.
La banda no se demoró más. Aunque quedaban varias horas para el
amanecer y tendrían que recorrer prácticamente todo el camino a oscuras sin
remedio era preferible regresar cuanto antes al claro donde se refugiaron el
día anterior. No podían correr el riesgo de cruzarse con cualquier viajero que
alertase a las autoridades de su presencia en los alrededores, puesto que la
imagen que ofrecerían sería más que sospechosa. Abandonaron el desfiladero al
galope para ganar la mayor distancia posible, y cuando se encontraron en
terreno abierto redujeron el ritmo de la marcha a un monótono trote que, unido
al silencio que los envolvía, provocó que alguno de ellos diera un par de
cabezadas sobre su montura. La temperatura descendió algunos grados conforme
avanzaba la luna en el cielo, tal vez fuera aquel el único cambio que se
produjo durante todo el trayecto. Llegó un punto en que fue imposible reconocer
la figura que cabalgaba justo delante de uno mismo o el terreno sobre el que se
movían; cuanto los rodeaba se había convertido en una ondulante superficie
opaca, un velo de negrura impenetrable. Esto generaba una cierta desconfianza,
pero quienquiera que los estuviera guiando parecía conocer a la perfección el
camino. Pat se preguntó cómo diablos podía alguien adivinar con los ojos
cerrados las zonas pantanosas, inestables o el borde de los precipicios, y
concluyó que, simplemente, nadie podía. Volvió a sentir miedo.